Miguel Huerta
La frase con la que titulamos este texto, proviene de un refrán popular que también se le atribuye al filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860). Aunque no está confirmado que Schopenhauer fuera su autor, la anécdota que se le relaciona resulta ilustrativa. Se cuenta que el filósofo mantuvo un prolongado conflicto con su vecina, quien lo había demandado y recibía de él una pensión por daños físicos. La frase, según la tradición, fue pronunciada al conocer la noticia de la muerte de ella. En este acto de brutal sinceridad, Schopenhauer no celebraba simplemente la liberación económica, sino que exponía una verdad incómoda sobre nuestra relación con aquellas personas que percibimos como obstáculos existenciales.
En el tiempo en el que vivimos, la frase cobra un sentido crítico. ¿Cuántxs de nosotrxs hemos querido la muerte de alguien que nos fastidia la vida? ¿A quiénes les hemos deseado la muerte en algún contexto? ¿Quiénes se merecen morir frente a tanta fatalidad? ¿Alquien se lo merece? ¿Así debe ser la vida? ¿Cómo nos situamos frente a estas ideas, sentimientos y emociones? Estas interrogantes nos confrontan con aspectos oscuros de nuestra psique y que la educación moral suele relegar al terreno de lo impensable. Sin embargo, en un mundo hiperconectado donde las frustraciones se amplifican a través de pantallas, este sentimiento emerge con inquietante frecuencia.

Durante el 2025, el contexto mundial fue tóxico, como si un asesino buleador y acosador serial-intelectual estuviera detrás de todo. En otras palabras, las redes sociales, además de robarnos nuestros datos y privacidad, funcionaron como cámara de eco de discursos de odio, donde influencers y figuras públicas normalizaron retóricas violentas contra diversos sectores de la población. La polarización ideológica alcanzó niveles donde el adversario dejó de ser un interlocutor con posturas diferentes para convertirse en un enemigo existencial. En este caldo de cultivo, los deseos de muerte dejaron de ser meras fantasías privadas para transformarse en consignas públicas.
El deseo de muerte hacia otro ser humano es, en principio, considerado universalmente como un acto cruel. Sin embargo, nuestra época ha desarrollado una moralidad paradójicamente selectiva. Mientras condenamos abstractamente este sentimiento, lo justificamos cuando se dirige hacia figuras percibidas como opresoras o amenazantes. La contradicción es evidente, pues la misma persona que repudia el deseo de muerte hacia un vecino molesto puede celebrar implícitamente la idea de la desaparición de un político autoritario. La moral cristiano-occidental, que históricamente ha censurado estos impulsos con mandatos como “no matarás” y “amarás a tu prójimo”, se enfrenta hoy a un desafío existencial. En la práctica, pocas veces escapamos completamente a la tentación de desear la muerte simbólica o real de alguien, especialmente cuando sentimos que nuestra dignidad, seguridad o bienestar están bajo amenaza.
Los sionistas son el ejemplo más claro al respecto y representa un caso de estudio preocupante. Mientras el judaísmo tradicional enfatiza valores como la hospitalidad al extranjero (ger toshav) y contiene mecanismos de reparación y perdón (teshuvá), ciertas expresiones del sionismo contemporáneo han invertido esta lógica, desarrollando una retórica que deshumaniza al pueblo palestino hasta el punto de justificar su eliminación. Este fenómeno demuestra cómo ideologías políticas pueden distorsionar tradiciones religiosas originariamente compasivas. De manera similar, los movimientos supremacistas blancos en Estados Unidos y otras partes del mundo han construido toda una cosmovisión basada en el deseo de exterminio o subyugación de minorías raciales, comunidades LGBTQ+, mujeres autónomas y migrantes. Lo alarmante es cómo este deseo de muerte ha trascendido el ámbito individual para codificarse en leyes, normas sociales y políticas públicas que buscan erosionar derechos fundamentales.

En este sentido, lo más correcto sería matar las ideas pero no a las personas. Pero esto en la actualidad es diferente. Se prefiere matar a las personas y no a las ideas. Aunque la paradoja es que las ideas no mueren, las personas sí.
El asesinato de una figura como Donald Trump, por ejemplo, no eliminaría el trumpismo. Por el contrario, probablemente santificaría su legado y radicalizaría a sus seguidores. Lo mismo aplica a cualquier ideólogo o líder cuyas ideas hayan calado en el tejido social. Las personas son contingentes; las ideas, cuando encuentran terreno fértil, se vuelven persistentes. La verdadera solución, aunque infinitamente más compleja, radica en lo contrario a lo que sugiere la frase popular atribuida a Schopenhauer, debemos aprender a “matar” las ideas dañinas mediante el debate riguroso, la educación crítica y la construcción de contra-narrativas poderosas, mientras preservamos la vida e integridad de quienes las profesan. Esto requiere distinguir entre la persona y su ideología, entre el crítico legítimo y el enemigo construido. Quizá sea un ideal que se ha perdido últimamente, pero que vale la pena reforzar para siempre.
La reflexión más urgente que emerge de este análisis es la siguiente: matar personas nunca resolverá el problema de las ideas peligrosas. Las ejecuciones, ya sean físicas o simbólicas, crean mártires y alimentan ciclos de venganza. La historia demuestra una y otra vez que las ideas sobreviven a sus proponentes originales, a menudo mutando en formas incluso más virulentas.
En este sentido, en donde los deseos de muerte se han democratizado y viralizado, necesitamos recuperar una ética que valore el disenso sin destrucción. Esto implica reconocer nuestra propia capacidad para el odio mientras cultivamos herramientas para trascenderlo. La justicia social no se alcanza mediante la eliminación del adversario, sino mediante la transformación de las condiciones que producen adversarios.
“Muerto el perro, se acaba la rabia” nos recuerda una tentación humana permanente. Nuestro desafío contemporáneo es reconocer esta tentación sin sucumbir a ella, comprendiendo que la verdadera rabia, la que corroe las sociedades, no muere con individuos, sino que se supera con ideas mejores, instituciones más justas y una voluntad colectiva de convivir en el conflicto sin aniquilarnos mutuamente. La frase que bien podría ser de Schopenhauer expone una verdad psicológica; nuestro deber ético es demostrar que no es una verdad política necesaria.