El 4 de julio de 1776, Thomas Jefferson, propietario de doscientas personas esclavizadas, redactó la declaración que fundaba una nueva nación bajo la premisa de que “todos los hombres son creados iguales”. Esta contradicción fundacional, tan evidente como incómoda, es el punto de partida y el eje sobre el que gira Marcados al nacer, la monumental obra de Ibram X. Kendi. El libro no es sólo una historia del racismo en Estados Unidos; es una implacable disección de la hipocresía que sustenta su identidad nacional, una identidad forjada al calor de un discurso de libertad universal mientras se edificaba sobre los cimientos de la opresión racial. La lectura de Kendi, premiada con el National Book Award, nos obliga a una reflexión ética de primer orden: ¿cómo construir una filosofía política sobre la igualdad cuando el poder que la impulsa depende de la negación sistemática de esa igualdad para la mayoría?
La tesis de Kendi es filosóficamente demoledora: el racismo no es un subproducto de la ignorancia o el odio irracional, sino una justificación a posteriori de políticas de discriminación y explotación económica. Las ideas racistas no crean las políticas injustas; son creadas por ellas para proteger el interés propio de quienes detentan el poder. Esta inversión causal es central para entender la paradoja americana. En el mismo año en que Jefferson proclamaba la igualdad, los representantes del Sur eliminaban de la Declaración una referencia a la esclavitud como “guerra cruel contra la naturaleza humana”, temiendo que alimentara el movimiento abolicionista. La retórica de la libertad se utilizó como un escudo para proteger el “poder”, el poder de comerciar libremente más allá del Imperio británico, de incrementar exponencialmente los beneficios de la trata de esclavos. Para los Padres Fundadores, la libertad era, en última instancia, la libertad de acumular poder y riqueza, y la promesa de igualdad se limitaba a un club exclusivo de hombres blancos con propiedad y personas esclavizadas.
Esta tensión entre el ideal y la realidad se encarna de manera más vívida en la figura de Jefferson, uno de los cinco intelectuales que Kendi utiliza como hilos conductores de su historia. Jefferson, esa “autoridad preeminente estadounidense sobre la inferioridad intelectual negra”, escribió en sus Notas sobre el Estado de Virginia que las personas negras tenían una capacidad de razonamiento inferior, al tiempo que sostenía en privado relaciones con Sally Hemings, una mujer a la que esclavizaba, y con quien tuvo varios hijos. Kendi no se detiene en la simple hipocresía individual, sino que la presenta como un síntoma de un sistema que necesita crear una jerarquía biológica y cultural para justificar la explotación. La ciencia de la Ilustración, con su énfasis en la razón y el orden, no fue una fuerza liberadora, sino que se plegó a las necesidades del poder, creando jerarquías raciales pseudocientíficas que colocaban a los europeos en la cima y a los africanos en la base, para “justificar la esclavitud perpetuando la idea de que los negros eran inferiores”.
La crítica cultural de Kendi se extiende hasta el presente, mostrando cómo estas ideas, aunque se hayan transformado, siguen siendo la moneda corriente de la desigualdad. La obra nos ofrece un vocabulario ético para nombrar esta realidad, distinguiendo entre ser “racista” y ser “antirracista”. Kendi argumenta que no hay un espacio seguro intermedio de «no ser racista», pues la inacción ante las políticas que perpetúan la inequidad es, en sí misma, una forma de apoyar el estatus quo racista. Ser antirracista implica, por tanto, un compromiso activo con la transformación de las políticas, no sólo con el cambio de corazones y mentes. En esta distinción yace la profunda carga ética de su proyecto: nos invita a mirar más allá de la intención personal y a evaluar el impacto real de las estructuras que gobiernan una nación.
A propósito de la independencia gringa, el libro confronta a sus habitantes con una verdad incómoda para su narrativa nacional: la “libertad” que se conmemora cada 4 de julio no fue un destino, sino un campo de batalla, y sigue siéndolo. Para los hombres y mujeres de la época, la libertad significaba poder; para los esclavizados, era un anhelo que debían conquistar por sí mismos mediante la rebelión y la fuga. Al celebrar la independencia, argumenta Kendi, quizá se debería celebrar “nuestra desobediencia, turbulencia, insolencia y descontento” contra las injusticias presentes, en lugar de celebrar como si fueran libres. Marcados al nacer es, en esencia, una llamada a la coherencia, pues una nación fundada en una mentira sobre la igualdad solamente puede redimirse mediante la lucha constante y consciente por hacer que esa promesa sea cierta para todxs, desmantelando las políticas que la niegan.
Es una lectura que incomoda, que enfurece, pero que resulta indispensable para cualquier reflexión ética y filosófica seria sobre la justicia social y el legado de la historia en el presente.
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