Miguel Huerta
La Odisea en sus cantos finales desata la violencia que toda la epopeya ha estado conteniendo. Pero no es la violencia de la Ilíada, la que glorifica la fuerza en el campo de batalla, sino la violencia de la justicia restaurada, la que no puede ejecutarse sin prueba, sin testimonio, sin la paciencia de quien ha esperado veinte años para actuar en el momento preciso. Quien llega a estos cantos debe estar preparadx para un cambio de registro que no es ruptura ética, sino culminación. Todo lo que Ulises ha aprendido en su ausencia (la humildad del mendigo, la astucia del sobreviviente, la paciencia del padre) debe ahora concentrarse en un arco que solamente él puede tensar, en una flecha que no falla, en una masacre que no es venganza sino juicio. La pregunta que estos cantos plantean a la comunidad lectora no es si la violencia es justificable, sino si existe alguna otra forma de restaurar un orden que la comunidad entera ha abandonado a su suerte.
El “canto XVIII” nos sitúa de nuevo en el palacio, donde Ulises, aún como mendigo, debe soportar los insultos de los pretendientes y la provocación de un verdadero mendigo, Iro, que desafía su lugar en la limosna. La pelea es en realidad la última prueba de la identidad oculta. Ulises, que podría matar a Iro de un golpe, lo reduce con la fuerza justa, sin matarlo, demostrando que su poder ha sido domesticado por la prudencia. Pero lo que sigue es más doloroso: los pretendientes, divertidos por el espectáculo, le ofrecen comida que él acepta, y Antínoo, el más arrogante de todos, le arroja un taburete que le hiere el hombro. La reacción de Ulises es reveladora: no contraataca, no revela su identidad, pero tampoco se encoge. Mira a Antínoo con una mirada que el pretendiente no puede descifrar, una mezcla de lástima y de condena que sólo quien ya ha decidido el destino de su enemigo puede permitirse. Penélope, informada del incidente, decide aparecer ante los pretendientes por última vez. Su discurso, en el que les reprocha su conducta y anuncia que aceptará al que gane el concurso del arco, no es sumisión: es la trampa final que ella misma tiende, la que solo funciona porque los pretendientes, en su arrogancia, creen que ninguno de ellos puede perder. El lector debe notar que Penélope no sabe que Ulises ha regresado, pero algo en ella la mueve a crear las condiciones de su propia liberación.
El “canto XIX” contiene uno de los encuentros más intensos de toda la literatura occidental: la conversación nocturna entre Penélope y el mendigo, en la que ella llora, él escucha, y ambos mienten para decir la verdad. Penélope pide al desconocido que interprete un sueño: veinte gansos que un águila mata de golpe. El mendigo interpreta que el águila es Ulises y los gansos son los pretendientes. Ella no lo cree, o no quiere creerlo, y propone el concurso del arco como prueba definitiva. Pero antes, mientras hablan, la nodriza Euriclea lava los pies del mendigo y reconoce la cicatriz que Ulises recibió de joven en una cacería de jabalí. Es el momento de mayor tensión dramática. La verdad a punto de revelarse, el secreto a punto de quebrarse, la trama a punto de desbaratarse. Pero Ulises la silencia, la amenaza, la obliga a guardar silencio. Esta violencia contra la leal nodriza, que solo quiere anunciar la alegría, es la prueba más dura de su autodominación. Euriclea representa el amor incondicional, la memoria fiel, la emoción que no calcula. Ulises debe reprimirla porque sabe que la justicia tiene su tiempo, que un minuto de anticipación destruiría veinte años de preparación. La conversación con Penélope termina sin revelación, pero con algo más profundo; un pacto tácito de que el mañana decidirá, de que la prueba del arco no será únicamente para los pretendientes, sino para el destino mismo.
En el “canto XX” Ulises despierta en el palacio y escucha a la nodriza que ríe en sueños, a los pretendientes que sufren pesadillas, a Zeus que truena en señal de aprobación. Los pretendientes, por primera vez, sienten miedo sin saber por qué. Teoclimeno, el adivino que Telémaco trajo del Peloponeso, profetiza su muerte en términos que ellos no pueden descifrar: los muros se cubren de sombras, el aire se llena de gemidos, el banquete se convierte en funeral anticipado. La profecía no es advertencia que pueda evitarse: es descripción de lo que ya está ocurriendo en un plano que los pretendientes no pueden ver. Ulises, en la cocina, es reconfortado por Euriclea y por la nodriza que ríe, mientras prepara la estrategia final con Telémaco. El hijo ya no es el joven impaciente de la asamblea. Es el cómplice silencioso que sabe que su papel es secundario, que el arco no es suyo, que la victoria pertenece al padre pero la paz que siga será su responsabilidad. Cuando los pretendientes regresan al banquete y Antínoo propone posponer el concurso para festejar a Apolo, Ulises interviene por primera vez con voz que no es de mendigo, pues habla de su propia juventud, de su fuerza pasada, de su conocimiento del arco. Es una mentira que dice la verdad, una autobiografía inventada que coincide exactamente con su vida. Los pretendientes, en su soberbia, no escuchan la voz del hombre que han estado insultando: escuchan la provocación de un viejo que pronto estará muerto.
El centro de gravedad de toda la epopeya lo encontramos en el “canto XXI” y el concurso del arco. El arma, regalo de Ifitos, es tan antigua que nadie más que Ulises la ha podido tensar. Los pretendientes, uno por uno, intentan encordarla y fracasan: ni siquiera pueden preparar el arco para disparar. Sus excusas revelan lo que la Odisea ha estado demostrando desde el primer canto: estos jóvenes son la generación del consumo, no del esfuerzo; de la herencia, no del mérito; de la apariencia, no de la virtud. Cuando el arco llega a las manos de Ulises, el texto no describe la tensión del músculo ni la técnica del tiro: describe el silencio. Ulises, en un movimiento fluido que no necesita demostración, encuerda el arco, prueba la cuerda con una nota musical, y dispara la flecha que atraviesa los hachas alineadas. Es el momento en que el tiempo se detiene, en que veinte años de ausencia se concentran en un gesto que dura segundos pero que contiene toda una vida. Telémaco, al verlo, no grita, no revela el secreto: saca la espada y se pone junto a su padre, listo para lo que sigue. La revelación no es palabra: es acción. El arco ha hablado, y lo que dice es que el hombre que partió hace veinte años ha regresado no como sombra, sino como fuerza concentrada, como justicia que ya no puede esperar.
La matanza se desata en el “canto XXII”. Antínoo cae primero, con la flecha en la garganta, mientras aún levanta la copa. Los demás pretendientes, ciegos de terror, buscan armas que no están a mano porque Telémaco y los dos leales sirvientes, Eumeo y Filecio, las han escondido. Lo que sigue no es batalla: es ejecución. Ulises, con el arco y luego con la lanza, mata a los jóvenes que han destruido su casa, mientras Telémaco, por primera vez, prueba la sangre. Pero la violencia no es indiscriminada: Leodes, el adivino que siempre rechazó la conducta de los pretendientes, es perdonado hasta que lo traiciona su propia súplica; el aedo Phemio, que cantó forzado para los invasores, es salvado por su arte; el heraldo Medonte se esconde y sobrevive. La justicia de Ulises distingue entre los que eligieron la injusticia y los que fueron arrastrados por ella. Pero cuando los pretendientes están muertos, cuando el palacio huele a sangre, llega el momento más terrible: los sirvientes desleales, las nodrizas que amaron a los pretendientes, son colgadas sin piedad. Euriclea propone la matanza; Ulises la aprueba con una frialdad que contrasta brutalmente con la paciencia de los cantos anteriores. El lector debe enfrentar esta escena sin buscar excusas: la justicia restaurada no es limpia, no es pura, no deja indemnes ni al justiciero. Ulises ha vuelto, pero ha vuelto como el hombre que puede ordenar la muerte de doce mujeres por haber amado a sus enemigos. La ética de la Odisea no es la ética del perdón cristiano: es la ética del límite traspasado, donde la restauración del orden requiere la eliminación de quienes lo contaminaron, sin distinción de género ni de grado de culpa.
El “canto XXIII” nos devuelve a Penélope, que ha dormido durante la matanza, protegida por Atenea en un sueño que la mantiene ajena a la violencia. Cuando despierta y Euriclea le anuncia que Ulises ha regresado, no cree. No es desconfianza patológica: es la sabiduría de quien ha sido engañada veinte años, de quien ha resistido cien ardides, de quien sabe que la esperanza es la forma más cruel de la decepción. Pide pruebas, y la prueba que exige no es la cicatriz ni el arco: es el lecho de olivo, la cama que Ulises construyó con sus propias manos alrededor de un tronco vivo, que nadie puede mover salvo él. Cuando Ulises la describe, cuando revela el secreto que solo los dos comparten, Penélope se derrumba. No es el reconocimiento del rostro, que el tiempo ha cambiado; es el reconocimiento del gesto, de la memoria encarnada en un objeto que sobrevivió a la ausencia. Su llanto, que dura toda la noche, no es solo alegría: es el duelo de veinte años de soledad que finalmente puede nombrarse. La comunidad lectora que busca en este canto el final feliz de la comedia burguesa se equivoca: lo que Homero ofrece es la reconciliación de dos personas que ya no son las mismas, que deben aprender a reconocerse en la madurez del sufrimiento compartido. La cama de olivo no es símbolo del pasado inmutable, es símbolo de lo que la raíz viva puede sostener aunque el tronco parezca muerto.
El “canto XXIV”, el último, traslada la escena al campo, donde Ulises visita a su padre Laertes, envejecido, vestido de harapos, cultivando un huerto que no necesita. El reencuentro con el padre es la prueba final, ahí Laertes no reconoce al hijo, o no quiere reconocerlo, o no puede soportar otra decepción. Ulises, que podría revelarse con la cicatriz elige en cambio la mentira una vez más; dice ser un extranjero que conoció a Ulises. Sólo cuando ve a Laertes desmayarse de dolor, se revela. Esta última mentira no es crueldad, es la confirmación de que el lazo familiar no se rompe por la ausencia sino que se fortalece al ser reconocido como elección, no como destino. Pero la paz no es inmediata. Los familiares de los pretendientes, al enterarse de la masacre, se alzan en armas. La guerra civil amenaza de nuevo Ítaca. Y es Atenea, por última vez, quien interviene y disfraza a Ulises para confundir a los enemigos, y luego, ante Zeus, exige el fin de la violencia. Zeus envía el rayo que detiene la batalla, y Atenea impone un juramento de paz entre las facciones. La Odisea termina no con la victoria del héroe, sino con la intervención divina que impone la reconciliación que los humanos no pueden alcanzar por sí solos.
Lo que estos cantos finales ofrecen a la comunidad lectora es una meditación sobre los límites de la justicia humana. Ulises puede matar a los pretendientes, puede recuperar su reino, puede reunirse con su esposa y su padre, pero no puede crear la paz. La paz requiere algo que escapa a la virtud individual: requiere la intervención de lo divino, la gracia que transforma la venganza en reconciliación, la memoria del odio en promesa de futuro. La Odisea no es la historia de un personaje que regresa: es la historia de una comunidad que debe aprender a vivir sin él, que ha sido destruida por su ausencia, y que sólo puede reconstruirse cuando él vuelve no como conquistador, sino como testigo de que el orden es posible. La comunidad lectora al cerrar el libro debe llevarse la pregunta que Homero plantea sin resolver: ¿puede existir la justicia sin violencia? La respuesta de la epopeya no es optimista; la justicia requiere la violencia del arco, la matanza de los culpables, la eliminación de los indignos. Pero tampoco es cínica, pues la violencia pura no basta, porque destruye al justiciero tanto como al injusto, y solamente la intervención de lo sagrado (Atenea, Zeus, el juramento impuesto) puede detener el ciclo de la venganza. La Odisea nos deja, al final, con la imagen de un hombre que ha vuelto a su tierra, que ha recuperado su nombre, que ha sido reconocido por quienes ama, pero que debe aprender a vivir en una paz que no construyó, que no mereció por sus propias fuerzas, y que únicamente la gracia divina ha hecho posible.
Esa es la última lección de esta historia: que el regreso no es el final, sino el comienzo de una vida que debe ser vivida con la misma paciencia con la que fue esperada, con la misma astucia con la que fue conquistada, y con la humildad de quien sabe que ningún viaje, por largo que sea, agota la distancia entre la humanidad y la sabiduría.
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