Miguel Huerta
“Giros y giros y giros
vamos dando.
Giros y giros y todo
va girando”Giros y giros, Alfonso Maya
Mi lectura de la Odisea estuvo muy guiada por el uso que Homero da al lenguaje. Como fan de las etimologías y el origen social de las palabras, me dejé conducir hacia esa perspectiva. Y es que hay palabras que no se dejan atrapar y no porque sean difíciles de traducir, sino porque contienen más verdad de la que nuestros idiomas modernos pueden abarcar sin romperse. Una de esas palabras es polytropos, el adjetivo griego con el que Homero, hace casi tres mil años, presenta a su héroe Ulises en el primer verso de la Odisea.
La crítica filológica ha debatido por mucho tiempo cómo pasarla al español: “astuto”, “ingenioso”, “de muchos recursos”, “el de mil ardides”. Todas son correctas. Pero todas son insuficientes. Porque polytropos no describe una cualidad, describe una condición, y quizá la condición humana más profunda que la literatura ha nombrado: la de ser un ser que gira, que se dobla, que cambia de forma ante el mundo sin dejar de ser, en el fondo, quien se es.
Lo fascinante es que Homero coloca esa palabra en el umbral mismo de la obra, como si nos dijera “antes de que empiece el viaje, antes del cíclope o las sirenas, debes saber que este hombre no es una esencia, es una trayectoria”. La cultura griega posterior a Homero intentó responder con sistemas: Platón habló de una esencia inmutable detrás de las apariencias; Aristóteles, de una naturaleza que se actualiza pero permanece idéntica a sí misma en su fin. Homero, desde su oralidad, ya había dado una respuesta: no hay un yo fijo detrás de las máscaras. Hay un yo que es la suma de todas las máscaras que ha necesitado para sobrevivir, y la cicatriz que las recuerda todas.
Aquí está el matiz que convierte a polytropos en un concepto ético y no únicamente estético. Ulises no cambia por placer ni por frivolidad, no es un camaleón que se mimetiza porque sí. Cambia porque el mundo es hostil, porque los dioses lo persiguen, porque el hogar al que quiere volver ya no es el que dejó. Cada giro suyo es una herida convertida en recurso. Por eso Homero enfrenta dos modelos de heroísmo, no uno solo: Aquiles, que prefiere morir antes que ceder, es grandioso pero estático, un bloque de virtud y fuerza que se rompe en lugar de doblarse; Ulises, en cambio, es el héroe que sobrevive precisamente porque flexiona. La Ilíada canta la belleza de la rigidez que se quiebra; la Odisea, la inteligencia de la flexibilidad que persiste. Que Homero haya elegido abrir su segundo gran poema con esa palabra, y no con otra, ya es una declaración: la virtud que permite regresar a casa no es la misma que se permite morir gloriosamente en batalla.
Esta distinción tiene un eco directo en nuestra vida cotidiana. Vivimos en una cultura que exige coherencia: ser auténticxs, ser transparentes, ser fieles a nosotrxs mismxs siempre y en todo lugar. Es un mandato bello, sí, pero también una trampa, porque la coherencia, llevada al extremo, se vuelve rigidez, y la rigidez es el primer paso hacia la fractura. Basta pensar en cuántas personas se aferran a una identidad que ya no les sirve, a una postura que defienden no porque siga siendo verdad sino porque ya la dijeron una vez. El polytropos homérico sugiere que la fidelidad a nuestra persona no consiste en repetir la misma forma ante todo, sino en saber cuándo girar para seguir siendo, justamente, uno-a mismo-a. Ulises no es menos Ulises por llamarse “Nadie” ante el cíclope; es más Ulises, porque esa mentira le permite seguir vivo para, al final, poder decir su nombre.
Ahí reside el peso ético de la palabra, pues obliga a preguntarnos qué es lo que realmente nos define. Si la identidad fuera un conjunto de rasgos fijos, cualquier cambio sería una traición. Pero si la identidad es, como sugiere Homero, una narración en curso, el cambio es parte de su trama. Ulises no es el mismo cuando sale de Troya que cuando llega a Ítaca, y sin embargo es el mismo, porque lo que permanece no es un atributo sino una dirección: el nostos, el regreso, la búsqueda de un hogar que no es sólo geográfico sino existencial. Con nuestras convicciones más profundas ocurre algo parecido; no son piedras que defendemos a cualquier costo, sino horizontes hacia los que caminamos, y que a veces exigen desvíos y rodeos. La integridad no está en no cambiar nunca de opinión, sino en no perder de vista el horizonte mientras cambiamos de ruta.
Hay todavía una capa más sutil en polytropos, quizá la más humana: el giro no es sólo hacia afuera, hacia el mundo y sus exigencias; es también hacia adentro, hacia el propio dolor. Ulises llora en secreto cuando escucha al aedo Demódoco cantar la caída de Troya; en ese instante su rostro no muestra nada, pero algo se desgarra por dentro. Ahí está el núcleo de nuestra condición: podemos parecer fuertes, astutxs, imperturbables, y estar hechos, al mismo tiempo, de fragilidad pura. Esto es supervivencia emocional: el polytropos sabe que la vida no es una sola historia sino varias superpuestas, y que la que mostramos no siempre es la que sentimos. La ética homérica no exige transparencia total, porque sabe que en un mundo hostil la transparencia absoluta sería suicida. Exige, en cambio, que sepamos cuándo mostrar una cara y cuándo guardar la otra, sin llegar nunca a confundir la máscara con el rostro.
Hoy, en sociedades hiperconectadas que nos invitan a mostrar una identidad única y coherente en las redes sociales, la sabiduría de polytropos resulta casi subversiva. Nos recuerda que la coherencia excesiva puede ser una prisión, y que la versatilidad no es debilidad sino inteligencia vital. Lxs grandes pensadorxs y artistas no repiten siempre la misma nota, sino que modulan su voz según el momento sin perder su tono fundamental.
Y quizá ahí, en el fondo, Homero nos ofrece una definición de humanidad: somos lxs únicxs animales que pueden ser polytropos, porque somos lxs únicxs que necesitan serlo. El animal no humano es lo que es y actúa siempre igual a sí mismo, gobernado por el instinto. El dios es lo que es y no cambia, porque la perfección no admite grados. Pero la humanidad, ese grado intermedio, ese animal que sabe que va a morir, tiene que aprender a girar para no romperse. Tiene que aprender a ser “Nadie” para poder ser Ulises, perder su nombre para poder recuperarlo, abandonar su casa para poder regresar a ella. Esa es una de las enseñanzas de la Odisea: la vida no es un trayecto recto hacia un destino claro, sino un viaje de rodeos, pérdidas y reencuentros, en el que la identidad no se preserva intacta, sino que se transforma.
El peso de la palabra polytropos no está, entonces, en su definición, sino en la pregunta que abre cada vez que la pronunciamos: ¿quién soy hoy, ante este mundo, ante este dolor, ante esta esperanza? ¿Soy el mismo-a que ayer, o soy otrx que ha aprendido a seguir siendo él-ella mismo-a girando? Homero no responde esa pregunta; la coloca al inicio de su poema para que nosotrxs, al leerla, empecemos nuestro propio viaje. Y ese viaje (el de descubrir que la identidad no es un bloque irrompible, y que la verdad no es una frase sino una vida entera de giros y vueltas) es quizá el único que vale la pena emprender. Porque en él no nos encontramos a nosotrxs mismxs, como suele decirse, sino que nos inventamos a cada paso, y esa invención constante frente a la intemperie es lo que nos define como humanidad.
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