Miguel Huerta
Alguien puede leer lo que pasa dentro de nuestra cabeza. No me refiero a adivinar nuestros pensamientos por cómo actuamos o qué decimos, eso ya lo hacen los algoritmos de redes sociales con una precisión inquietante, sino a algo más profundo: capturar directamente la actividad eléctrica de nuestro cerebro y convertirla en información legible, almacenable, vendible. Los neurodatos, como se les conoce, no son una fantasía de ciencia ficción. Son el producto de auriculares que miden ondas cerebrales, de diademas que detectan concentración, de implantes que traducen señales neuronales en comandos digitales. Y, como toda información valiosa en el siglo XXI, ya están en el mercado.
El mercado de neurotecnología de consumo crece a paso acelerado. Auriculares EEG, interfaces cerebro-computadora, wearables que prometen medir nuestros estados emocionales o mejorar nuestra productividad: todos estos dispositivos generan un flujo constante de datos que provienen de nuestro sistema nervioso. Lo alarmante es que, según un estudio de la NeuroRights Foundation de 2024, la inmensa mayoría de las empresas que comercializan estos productos tienen acceso ilimitado a los neurodatos de sus usuarios, y más de la mitad ni siquiera informa claramente qué hace con esa información. Estamos, en otras palabras, regalando lo más íntimo que poseemos sin entender el precio real del intercambio.
Pero ¿qué hace a los neurodatos distintos de cualquier otro dato personal? La respuesta, creo, tiene que ver con la naturaleza misma de lo que revelan. Nuestros datos de navegación web, por ejemplo, nos describen desde fuera: qué buscamos, qué compramos, a quién seguimos. Los neurodatos, en cambio, nos describen desde dentro. Pueden revelar estados emocionales que ni siquiera somos capaces de articular, predisposiciones conductuales que desconocemos, sesgos que ni nosotros mismos reconocemos. Son, en cierto sentido, un espejo que refleja no lo que mostramos al mundo, sino lo que somos antes de mostrarlo. Y eso cambia completamente la ecuación ética del consentimiento. ¿Cómo puedes consentir informadamente la recolección de información que ni siquiera sabes que posees?
Frente a este escenario, algunos países han decidido no esperar a que el problema se agrave. Chile fue el primero en el mundo en proteger constitucionalmente la integridad mental y la información cerebral, allá por 2021. Su Corte Suprema, además, emitió un fallo histórico en el llamado “Caso Emotiv”, donde ordenó a una empresa de dispositivos neuronales modificar sus políticas de privacidad, eliminar los datos de un usuario y suspender la venta del producto hasta cumplir estándares constitucionales. No se trata de una medida abstracta: es la justicia diciendo, con claridad, que el cerebro de una persona no es mercancía. Otros países latinoamericanos como Colombia, Argentina, Brasil, México y Uruguay, siguen ahora ese camino con proyectos de ley propios, y el Parlamento Latinoamericano ha diseñado una ley modelo que sirve de guía para toda la región.
En Estados Unidos, la regulación avanza de forma más fragmentada pero no menos significativa. Colorado fue el primer estado en clasificar los neurodatos como información sensible, exigiendo consentimiento explícito para su recolección. California, Connecticut y Montana le siguieron con leyes ya vigentes o próximas a entrar en vigor. A nivel federal, el Senado presentó recientemente el MIND Act, que asignaría recursos para evaluar si el marco legal actual es suficiente. En Europa, la Unión Europea no tiene una regulación específica de neurodatos todavía, aunque el Reglamento General de Protección de Datos ya cubre muchos escenarios. Se espera un paquete legislativo específico para finales de 2025. Francia, por su parte, limita el registro de actividad cerebral a fines médicos, de investigación o judiciales, cerrando la puerta a usos comerciales indiscriminados.
Más allá de las leyes, lo que está en juego aquí es una pregunta filosófica antigua que la tecnología ha vuelto urgente: ¿dónde termina el yo y dónde empieza lo que puede ser apropiado por otros? Los defensores de los neuroderechos, un marco conceptual que propone cinco principios fundamentales: preservación de la identidad, no interferencia en el libre albedrío, privacidad de los datos neuronales, acceso equitativo al mejoramiento cognitivo y protección contra sesgos algorítmicos, sostienen que el cerebro debe considerarse un territorio inviolable, el último refugio de la persona. No porque seamos dueños absolutos de nuestros pensamientos (la neurociencia ha demostrado que gran parte de lo que ocurre en nuestra mente es inconsciente e inaccesible), sino precisamente porque hay algo en nosotros que no debería estar sujeto a explotación comercial, a manipulación política o a juicio algorítmico.
El desafío, claro está, es enorme. Las leyes actuales no definen con precisión qué cuenta como neurodato: ¿un electroencefalograma de veinte euros es lo mismo que un implante intracortical? ¿Los datos indirectos, como el ritmo cardíaco vinculado a emociones o los movimientos oculares, entran en la misma categoría? Y quizá lo más difícil: ¿cómo regulamos a empresas que operan desde paraísos digitales y venden sus dispositivos a usuarios de todo el mundo? La tecnología no conoce fronteras, pero las leyes sí, y esa asimetría es una brecha que los mercados ya están explotando.
Aun así, creo que hay razones para un optimismo cauteloso. Estamos en una ventana de oportunidad. La neurotecnología de consumo todavía no es masiva; los implantes cerebrales todavía no son un accesorio cotidiano. Eso significa que todavía podemos decidir, como sociedad, qué clase de futuro queremos construir. Podemos elegir entre uno donde el cerebro es solo otra fuente de datos para el mercado, o uno donde seguimos considerando la mente como algo que merece protección especial, no por ser un misterio inaccesible, sino por ser el lugar donde reside lo que nos hace personas: nuestra capacidad de pensar, sentir y decidir por nosotros mismos.
La pregunta, al final, no es sólo técnica ni únicamente legal. Es ética, en el sentido más antiguo de la palabra: se trata de cómo queremos vivir juntos. Si aceptamos que nuestros cerebros son datos como cualquier otro, estaremos aceptando que no hay límites a lo que puede ser mercantilizado. Si, en cambio, trazamos una línea que diga «hasta aquí, no más», estaremos defendiendo algo que no tiene precio: la posibilidad de ser nosotrxs mismxs, sin que alguien más esté leyendo el manuscrito antes de que lo escribamos.
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