El joven Marx en París: Marx para mentes curiosas (II)


Miguel Huerta

Llega un momento para quien piensa el mundo en que todo empieza a encajar. Para Marx, ese momento llegó en París, entre abril y agosto de 1844. Tenía veintiséis años y acababa de instalarse en la capital francesa tras ser expulsado de Prusia. Allí, en los cuadernos que hoy conocemos como los Manuscritos económico-filosóficos (o Cuadernos de París), dio un paso decisivo: por primera vez intentó reunir sus dos grandes pasiones, la filosofía y la economía, y del encuentro nació algo nuevo.

Lo fascinante de estos manuscritos es que nunca fueron escritos para publicarse. Son cuadernos de trabajo, apuntes para sí mismo, un borrador denso y a veces repetitivo en el que Marx va buscando su propia voz. Durante décadas permanecieron perdidos entre sus papeles; no vieron la luz hasta 1932, medio siglo después de su muerte, cuando investigadores soviéticos los recuperaron y los dieron a conocer al mundo. Ese retraso fue una bendición y una maldición: obligó a reinterpretar todo su pensamiento, pero también abrió un debate que aún no se ha cerrado sobre si hay un «joven Marx» humanista y filosófico frente al «Marx maduro» de El Capital.

Los manuscritos se conservan en tres cuadernos, aunque el segundo nos ha llegado casi completo: sólo sobreviven cuatro páginas, de la XL a la XLIII. Eso da una idea de lo fragmentario de la obra. Es como si hojeáramos las notas de un estudiante que aún no ha decidido adónde quiere llegar, y precisamente esa inmediatez los hace tan valiosos. En ellos, Marx aborda temas que luego desarrollaría en su obra madura (el salario, la ganancia del capital, la renta de la tierra, el dinero, el comunismo), pero lo hace desde una perspectiva todavía muy influida por Hegel y Feuerbach.

En medio de ese caos de apuntes surge el concepto que ha hecho famosos a los manuscritos: el trabajo enajenado, o alienación. Para entenderlo, conviene imaginarlo así. Para Marx, el trabajo humano no es únicamente un medio para ganar dinero, sino la actividad a través de la cual nos realizamos como especie. Al trabajar, transformamos la naturaleza y, al hacerlo, nos transformamos a nosotrxs mismxs; el trabajo es objetivación, es decir, la manera en que nuestras capacidades, inteligencia y creatividad se vuelven tangibles en el mundo. Pero el capitalismo rompe esa relación. El trabajador vende su fuerza de trabajo como si fuera una mercancía, y el producto de su esfuerzo (aquello que ha creado con sus propias manos) se convierte en propiedad de otro-otra, en un poder ajeno que se vuelve contra él.

Marx identifica cuatro dimensiones de esa enajenación. Primero, el trabajador está alienado del producto de su trabajo: cuanto más produce, menos posee, porque lo que fabrica es del capitalista. Pero además está alienado del acto mismo de trabajar: en lugar de ser una actividad libre y creadora, el trabajo se convierte en un esfuerzo forzado, una mera obligación que hay que cumplir para sobrevivir. El trabajador se siente en su casa cuando no trabaja, y fuera de ella cuando trabaja. Tercero, está alienado de su propia esencia, de su «ser genérico»: no puede desarrollar libremente sus capacidades humanas, porque su vida se reduce a una función económica. Y finalmente, está alienado de lxs demás: en lugar de una comunidad de productores libres que cooperan, el capitalismo instaura la competencia y la hostilidad entre las personas.

Lo que hace tan revolucionarios a estos manuscritos es que Marx no se limita a describir la pobreza o la explotación, sino que indaga en la experiencia interior del trabajador-trabajadora, en la pérdida de sentido que conlleva el trabajo capitalista. La alienación no es un problema económico, sino una herida en lo humano. Por eso los manuscritos se han leído a menudo como un texto humanista: nos hablan de lo que el capitalismo le hace a la persona, no sólo a su bolsillo. Y aunque algunos intérpretes, como Louis Althusser, han visto en esta aproximación un lastre hegeliano que Marx superaría después, otrxs defienden que la noción de alienación atraviesa toda su obra, desde los manuscritos hasta El Capital, sólo que con vocabulario y herramientas diferentes.

Los manuscritos también contienen una reflexión sobre el comunismo que resulta inquietante por su honradez. Marx se distancia de las versiones simplistas que únicamente sueñan con abolir la propiedad privada sin preguntarse qué tipo de sociedad quieren construir. Su crítica es más profunda: el comunismo no debe limitarse a suprimir la propiedad, sino que debe recuperar la esencia humana perdida y permitir que la humanidad se reconcilie consigo misma y con la naturaleza. Es una idea que ya apunta hacia el Marx maduro, pero aún envuelta en el lenguaje de la filosofía especulativa.

Al leerlos, da la impresión de estar experimentando el nacimiento de un pensamiento. Marx no ha llegado todavía a la síntesis final, pero ya ha encontrado la dirección. Un año después, en uno de los fragmentos más conocidos de su obra, las Tesis sobre Feuerbach, sentenciaría: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo». Los Manuscritos de 1844 son el puente entre esas dos orillas: entre la interpretación filosófica y la transformación revolucionaria. Son el testimonio de un joven que decide que la filosofía no puede quedarse en el aire, que tiene que bajar al terreno de la economía, del trabajo, de la vida material. Y aunque su lenguaje a veces resulte denso y sus argumentos sin pulir, leerlos nos devuelve a un Marx en carne y hueso: buscando, dudando, preguntándose cómo es posible que el ser humano, el ser más creativo de la naturaleza, se haya convertido en una sombra de sí mismo. Y es que leer estos Manuscritos son toda una aventura y siguen siendo una fuente de creatividad que Marx seguirá fortaleciendo en el futuro.


© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.


Deja un comentario

Descubre más desde Acción ética

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo