“Pacto siniestro” (1951), Hitchcock y su laboratorio moral


Miguel Huerta

Esta es la primera vez que escribo sobre una obra maestra del cine clásico, me refiero en particular a una película de Alfred Hitchcock (1899-1980). Es más que conocido este director y hoy lo traigo a la memoria y en particular a una de las experiencias visuales que funcionan como un laboratorio donde se ponen a prueba nuestras intuiciones morales más básicas. Pacto siniestro (1951), basada en la novela Extraños en un tren de Patricia Highsmith (1921-1995), es quizá uno de sus experimentos más perturbadores.

La premisa es sencilla pero monstruosa: dos desconocidos se cruzan en un tren, platican, y uno de ellos, Bruno Anthony, propone lo que él llama un “crimen perfecto”. La idea resulta inquietantemente elegante: “yo mato a tu esposa, que te impide ser feliz, y tú matas a mi padre, que me impide heredar”. Como ninguno se conoce entre sí y tampoco tendría un motivo aparente para cometer el crimen del otro, la policía jamás podría relacionarlos. El otro desconocido es Guy Haines, el protagonista, quien escucha la propuesta con incredulidad y tomándolo a loco; le parece la fantasía de un excéntrico y se despide sin darle mayor importancia. Pero Bruno no estaba fantaseando. Cumple su parte del asunto, persigue a la esposa de Guy y la ahorca con sus manos. A partir de ahí, acosa a Guy para que haga lo mismo, metiendo al protagonista en una pesadilla donde la culpa, el deseo y la responsabilidad se enredan sin control sumergiendo a la comunidad cinéfila en una trama demoledora para la razón.

Lo primero que salta a la vista desde la ética es la cuestión del consentimiento y la intención. Guy nunca aceptó el pacto, nunca dio su palabra, tampoco imaginó que aquel extraño del tren llevaría su discurso hasta las últimas consecuencias. Desde un punto de vista kantiano, no es responsable del asesinato de su esposa: no lo quiso, no lo ordenó, no participó en él, no lo planeó. Sin embargo, la película nos obliga a preguntarnos si basta con no haber querido algo para quedar moralmente limpio. Porque Guy deseaba, en el fondo de su espíritu, librarse de la mujer que le negaba el divorcio. Bruno lo sabe, lo intuye, y por eso lo elige. Por esa grieta se cuela la culpa: no la jurídica, sino la moral, esa que no depende de los actos sino de los afectos, y que nos recuerda que a veces somos cómplices silenciosxs de lo que no nos atrevemos a hacer pero que en secreto anhelamos profundamente. Hitchcock, maestro de la ambigüedad moral, construye toda la tensión sobre esa línea delgada entre el deseo y la acción, entre lo que pensamos y lo que hacemos.

Bruno, por su parte, es una figura fascinante desde la filosofía moral: es el otro lado de Guy, su doble oscuro, la encarnación de sus impulsos reprimidos. La crítica ha señalado que ambos funcionan como un doppelgänger, dos mitades de una misma persona. Bruno hace lo que Guy no se atreve a hacer, y Guy queda atrapado en una deuda que no pidió pero que, de algún modo, siente que debe pagar. Aquí surge el tema de la reciprocidad perversa: Bruno invoca una suerte de justicia simétrica, un intercambio de favores donde el silencio de Guy durante la conversación se convierte en aquiescencia. Es una lógica retorcida, pero no del todo ajena a ciertos razonamientos que reducen la ética a un simple cálculo de intercambios. Emmanuel Levinas (1906-1995) diría que esta reducción del otro-otra a un socio contractual es justamente lo contrario de la responsabilidad ética, que nace del reconocimiento del rostro del otro-otra y de su vulnerabilidad, no de la conveniencia mutua. Bruno no ve rostros: ve piezas movibles a su antojo, y por eso su pacto es una parodia siniestra del contrato social.

Hay también una dimensión política y social que merece atención. Guy es un hombre público, un tenista respetado que quiere ser político, y quien vive de manera ordenada y respetable; Bruno es el hijo mimado de un millonario, un ser ocioso y caprichoso que no soporta la autoridad paterna. El crimen que propone no es sólo violencia, también es un asunto de clase. Por un lado, el hijo rico que quiere eliminar al padre para heredar; por el otro, el hombre común que quiere librarse de la esposa para subir socialmente mediante un nuevo matrimonio. Hitchcock retrata así una sociedad donde los vínculos afectivos se han vuelto obstáculos para el éxito, donde las personas se convierten en estorbos que hay que quitar de en medio. Es una crítica dura a la moral burguesa del sacrificio y la apariencia, esa que exige mantener las formas aunque por dentro todo esté podrido. Guy no puede divorciarse porque su esposa se lo impide, pero tampoco puede simplemente ignorarla; la sociedad le exige ser un buen hombre, un buen deportista, un buen futuro yerno, y esa exigencia lo ahoga.

El desenlace, con el deseo descontrolado y su caos de cuerpos y gritos, funciona como una metáfora perfecta de lo que pasa cuando los pactos secretos y las culpas reprimidas salen a la luz. Todo gira sin control, todo se desajusta, y al final ya no importa quién tenía razón o quién era más culpable: ambos han sido arrastrados por una maquinaria que ellos mismos pusieron en marcha. La película no ofrece una conclusión moral tranquilizadora; no hay sentencia ni perdón. Lo que queda es la inquietud, esa sensación incómoda de saber que todxs llevamos dentro a un ejecutor que cumple nuestros más intensos pensamientos. Esta obra es atrevida y actualmente puede ser vista como políticamente incorrecta, lo que la hace aún más recomendable pues juega con nuestros afectos y nos conduce a discernir nuestros deseos más profundos y prohibidos. Recomendable.


© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.


Deja un comentario

Descubre más desde Acción ética

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo