Miguel Huerta
¿Por qué leemos cosas que nos quitan el sueño? Es una pregunta que la filosofía y la teoría literaria han tratado de responder mucho antes de que existieran los creepypastas o el maratón de películas de terror a las tres de la mañana. Edmund Burke (1729-1797) dio una pista en el siglo XVIII: el miedo, cuando sabemos que estamos a salvo, se vuelve fascinante. Lo llamó lo sublime, esa mezcla de espanto y asombro que sentimos ante una tormenta vista desde la ventana. Leer terror es, en el fondo, asomarse a una tormenta con una taza de café en la mano.
Pero el miedo no es uno solo. Ann Radcliffe (1764-1823), una de las madres de la novela gótica, distinguía entre el terror, que es la anticipación, el ruido en el pasillo, la puerta que se entreabre, y el horror, que es el encuentro con lo que hay detrás. El primero te expande la imaginación; el segundo te la encoge. Por eso a veces una sombra da más miedo que el monstruo completo, como sabe cualquiera que haya visto la primera mitad de una buena película de terror y se haya decepcionado en la segunda.
Entonces, ¿qué nos atrae del monstruo? El filósofo Noël Carroll propone que los monstruos son criaturas que rompen nuestras categorías: están vivos y muertos, son humanos y bestias a la vez. Nos repugnan, pero también nos intrigan, porque nuestra mente es una máquina de clasificar y no soporta lo que no encaja. Julia Kristeva va más lejos con el concepto de lo abyecto, aquello que amenaza la frontera entre el yo y el mundo: el cadáver, la herida, lo que no es del todo objeto ni del todo sujeto. Quizá por eso el cuerpo es el gran escenario del terror contemporáneo, desde el body horror hasta la película Hereditary (2018).
Los fantasmas son el mejor ejemplo de lo que la literatura hace con estas ideas. Freud (1856-1939) hablaba de lo ominoso, eso que da miedo precisamente porque es familiar: la casa de tu infancia convertida en trampa, tu propia cara en el reflejo equivocado. Derrida (1930-2004) lo llevó al terreno de la historia con su “hauntología”: un fantasma no es alguien que murió, sino algo que no terminó de irse, un pasado sin resolver que sigue exigiendo cuentas. Basta pensar en Pedro Páramo, de Rulfo (1917-1986), ese pueblo donde los muertos hablan porque la injusticia nunca se enterró. O en Henry James (1843-1916) que llevó al extremo el tema de los fantasmas en Otra vuelta de tuerca, un libro que sigue dividiendo a la comunidad lectora: ¿hay espectros o una institutriz que proyecta sus propios fantasmas? Esa vacilación es, para el teórico literario Todorov (1939-2017), la esencia de lo fantástico, y es tan eficaz que cien años después seguimos discutiendo en foros y clases de literatura.
La posesión toca un nervio todavía más íntimo: la pérdida de control personal. Si mi cuerpo hace cosas que yo no quiero, ¿quién soy? Sara Gran describe el proceso de una posesión y sus consecuencias en su novela Acércate; desde otra mirada, Stevenson (1850-1894) lo planteó en Dr. Jekyll y Mr. Hyde sin necesidad de demonios, y el cine en El exorcista (1973) lo convirtió en espectáculo, pero estas obras apuntan a la misma angustia: que el yo es más frágil de lo que creemos. Foucault (1926-1984) nos recordaría además que quien decide qué es una posesión, una enfermedad o una locura nunca es neutral; siempre hay un poder, sea la Iglesia o la medicina, que reclama el cuerpo ajeno.
Con los cultos pasa algo parecido, pero a escala colectiva. Durkheim (1858-1917) describió la efervescencia de los rituales compartidos, ese momento en que nos disolvemos en el grupo y nos sentimos parte de algo mayor. Eso puede ser un concierto o un encuentro deportivo, pero también Midsommar (2019) o los vecinos amables de la novela La semilla del diablo. René Girard (1923-2015) explicaría el resto: las comunidades se unen señalando a un chivo expiatorio. Hannah Arendt (1906-1975) añadiría la pieza más inquietante: el horror no necesita fanáticos, le bastan personas que dejaron de pensar por sí mismas.
Finalmente está el miedo que no tiene rostro. Lovecraft (1890-1937) imaginó un universo indiferente, tan vasto que su sola comprensión nos destruiría, y el filósofo pesimista Eugene Thacker lo tomó en serio como pensamiento sobre los límites de lo humano. Es el mismo escalofrío que sienten quienes se pierden en los backrooms o en un hilo sobre lugares liminales: espacios vacíos donde parece que hay alguien, o que debería haberlo, lo que Mark Fisher (1968-2017) llamó lo espeluznante (eerie).
Y aquí está, creo, un intento de respuesta a la pregunta. Leemos terror porque es un laboratorio seguro para pensar lo que más nos cuesta pensar: la muerte, la pérdida de identidad, la violencia colectiva, la insignificancia, lo ajeno. Cada época inventa los monstruos que necesita. El gótico temía a la aristocracia decadente; el siglo XIX, a la ciencia sin freno; hoy, autoras latinoamericanas como Mariana Enríquez, Mónica Ojeda o Elaine Vilar usan lo sobrenatural y cotidiano para contar desapariciones, pobreza y violencia que la historia oficial prefiere ocultar. Lo que nos da miedo cambia, pero la función es la misma: ponerle forma a lo que de otro modo sería sólo angustia.
Por supuesto, estas pistas no son todas y no agotan la pregunta inicial; seguiremos explorando otras perspectivas en un segundo momento pero ahora desde la escritura que algunas autoras latinoamericanas contemporáneas están explorando.
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