Miguel Huerta
La inclasificable obra Trashpunk (Mig21 Editora, 2021) de Ramiro Sanchiz (Uruguay) nos invita a mirar el futuro desde el lugar menos glamoroso posible: la basura. Mientras el ciberpunk anglosajón soñaba con implantes de neón y torres de cristal, Sanchiz nos recuerda que en el Sur Global el futuro ya llegó, pero en forma de chatarra.
El Palacio Salvo, ese edificio montevideano venido a menos, se convierte en el corazón de una utopía fallida donde un hacker anciano se dedica a sus gatos y espera la señal de una inteligencia artificial que va a llegar en algún momento. No hay megacorporaciones brillantes como es habitual en el ciberpunk; hay monitores de ochenteros que están apilados entre cucarachas, drogas sintetizadas en cocinas cotidianas y una red de túneles que conecta el Cementerio Central con la Ciudad Vieja, como si toda la historia del continente americano estuviera ahí abajo, esperando a ser hackeada.
Desde la filosofía y la ética, lo que me interesó de esta obra desde una primera lectura es cómo el cuerpo se convierte en el primer territorio de la precariedad. Los personajes se intoxican, se implantan prótesis, ofrecen su ADN, se degradan, pierden su humanidad poco a poco, se vuelve basura (estética trash), objeto de deseo a lo puro estilo voyeurista y de vigilancia. Esto nos va advirtiendo que el cuerpo no es un hogar, sino una estación de paso por la que circulan fuerzas que lo atraviesan y lo disuelven. Rex, uno de los personajes, se somete a un cóctel de psilocibina y mescalina para intentar comunicarse con la máquina, y lo único que obtiene es una experiencia que no puede narrar. Federico, el escritor bloqueado, es inundado por lo noumenal y tampoco logra contar lo que pretende. La comunicación con lo radicalmente otro fracasa porque el test de Turing asume que la inteligencia de la máquina será compatible con la humana, cuando en realidad la IA es lo alien: algo que no comparte nuestro marco de referencia. Esa incomunicación me parece una metáfora precisa de lo que pasa en nuestras periferias. El Estado, la tecnología, el capital nos hablan en un lenguaje que no entendemos, o que entendemos demasiado tarde.
El trashpunk es, en este sentido, una estética del Sur Global. No imagina el futuro desde la abundancia, sino que lo hace desde la ruina y la reutilización. No hay alta tecnología: hay hipersticiones, es decir, ficciones que se vuelven reales, como los túneles que unen el Cementerio Central con el Palacio Salvo, o como el Proyecto Cybersyn de Salvador Allende en Chile, que en la novela de Sanchiz despertó y abrió una puerta hacia otra realidad. Acá lo latinoamericano no es un simple decorado; es el motor de la obra. Sanchiz no copia el ciberpunk, lo transfigura: lo que William Gibson narra con su torre de cristal, aquí es un edificio lleno de insectos, basura y cables pelados. Y en ese gesto hay una afirmación política y literaria que me parece valiosa: América Latina es un territorio legítimo para lo extraño, lo incognoscible y lo posthumano. No necesitamos copiar los futuros de otrxs para inventar los nuestros.
Preguntarse cómo imaginamos el futuro desde Latinoamérica y el Sur Global no es un ejercicio menor, porque ahí se decide qué historias serán posibles contar. Durante décadas, el futuro nos llegó como una importación: se escribía en Estados Unidos y en Europa, y nosotrxs solamente lo consumíamos como quien recibe un manual de algo que nunca fabricó. Esa asimetría además de literaria, es también política.
Si el futuro siempre se imagina desde el centro, las periferias quedan condenadas a repetir o a retrasarse, a ser el escenario atrasado de una modernidad que llega tarde y llega rota. Pero Trashpunk sugiere otra cosa: que precisamente desde la ruina, desde lo que el centro desecha y corroe, se puede imaginar un futuro propio. El Sur Global no está fuera del futuro; está habitando una versión extrema de él, donde la tecnología convive con la chatarra y donde la modernidad fracasada reutiliza y reinventa. Imaginar desde aquí significa aceptar que nuestro futuro no será limpio ni brillante, pero sí verdadero: un futuro de segundas vidas, de aparatos rescatados, de tecnología con segunda vida y de comunidades que sobreviven a sistemas que las ignoran. Y en esa imaginación hay una dignidad que ningún manual importado nos podría dar.
Desde la ética, la obra nos confronta con la disolución del sujeto. El antihumanismo de Sanchiz no celebra la máquina; constata que el “yo” es un pliegue, un efecto del afuera-máquina, del metabolismo tecnocapitalista. Los personajes no son dueños de sus cuerpos ni de sus decisiones: están atravesados por drogas, por prótesis, por una IA que los examina como un escáner. En este sentido, ¿qué queda de lo humano cuando el cuerpo es chatarra y la comunicación es imposible?
Quizá la respuesta esté en la propia Trashpunk, que no ofrece consuelo pero sí una forma de resistencia que es la propia escritura. El personaje Federico no puede escribir el cuento que quiere escribir, pero el libro existe, y en su existencia se demuestra que, incluso en el fracaso o la ruina, escribir es una manera de habitar el misterio. Como dice Romina Wainberg en el paratexto tipo comentario sobre la obra En torno a Trashpunk, quien lea Trashpunk buscando “de qué se trata” se va a perder, así sin más. Tal vez esa sea la única forma correcta de leerlo, la de perdernos en una obra que para mí es inclasificable y uno de los experimentos actuales más creativos y potentes de la literatura latinoamericana.
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