Miguel Huerta
La imagen de un Dios que todo lo ve acompaña a la teología occidental desde sus orígenes. Omnisciencia, omnipresencia, vigilancia pastoral, parecen ser atributos que han consolado a muchos y muchas creyentes y, a la vez, les han mantenido en un estado permanente de examen moral. Pero ¿qué ocurre cuando esa mirada deja de ser discreta y se vuelve insistente, casi obsesiva? ¿Qué pasa cuando el pastor se convierte en acechante y la providencia en seguimiento? Traigo esta reflexión a partir de escuchar una canción de la cantante Rosalía, “Dios es un stalker”, obra que en lo personal formula una intuición filosófica que merece tomarse en serio. La relación entre lo divino y lo humano podría parecerse más a la de un acosador con su objeto de deseo que a la de un protector de la humanidad.
Antes de avanzar hay que vaciar el concepto de “stalker” de su sentido puramente penal y recuperar su núcleo existencial. Stalkear no es únicamente perseguir físicamente: es vigilar en silencio, conocer los movimientos del otrx, anticipar sus deseos, aparecer justo donde no se espera ser visto. Es una atención absoluta que roza la fusión, porque quien acecha quiere saberlo todo porque, en el fondo, quiere serlo todo. Esa lógica de la presencia total tiene un eco inquietante en la teología clásica: un Dios que cuenta los cabellos de nuestra cabeza, que sigue nuestras idas y venidas, que nos observa hasta en la intimidad de los pensamientos más oscuros. La tradición ha revestido esa vigilancia de benevolencia paternal; la sensibilidad contemporánea, en cambio, tiende a leerla como violencia epistémica (ser vistx sin poder ver, ser conocidx sin conocer, ser deseadx sin desear de vuelta), es la misma gramática con la que hoy describimos la vigilancia digital.
El giro que propone la canción, y que aquí extendemos como hipótesis filosófica, consiste en invertir la dirección de la mirada: no es la humanidad quien acecha a Dios mediante la oración o el ritual, sino Dios quien acecha a la humanidad con una insistencia que roza lo patológico. Esta inversión desestabiliza porque coloca a la divinidad en el lugar de la carencia, del deseo insatisfecho, de la necesidad del otrx. Un Dios que acecha es un Dios que no se basta a sí mismo, que necesita ser reconocido por aquel-aquella a quien observa. Aquí late un eco profundo: la divinidad no sería plenitud autosuficiente, sino vacío que busca llenarse con la atención de su criatura. La mirada insistente sobre la humanidad no revelaría entonces el poder absoluto de Dios, sino su vulnerabilidad radical: la dependencia afectiva de un ser que, paradójicamente, podría ignorarlo.
Esto obliga a repensar la providencia. Si Dios es un stalker, su acción en el mundo no se parece a la de un arquitecto que diseñó un plano, sino a la de un amante celoso que reorganiza el entorno para tropezarse una y otra vez con el ser amado. Las casualidades, los encuentros fortuitos, las sincronías que el creyente atribuye a la mano divina podrían leerse como artificios de un acosador cósmico incapaz de tolerar la indiferencia. Desde esta perspectiva, la intervención divina no sería milagrosa sino obsesiva: un intento constante de romper el muro de la autonomía humana, de forzar una relación que quizá nadie pidió. Y la pregunta incómoda aparece sola: ¿puede alguien sentirse libre sabiéndose observado, seguido, deseado hasta la saciedad por una entidad que nunca aparta la vista?
La filosofía contemporánea ya nos enseñó que todo cuidado contiene un germen de vigilancia. El psicoanálisis mostró que el amor materno puede ser tan asfixiante como protector, y que la frontera entre proteger y poseer es más porosa de lo que quisiéramos admitir. La teología, bebiendo de esa fuente, podría reconocer que el stalkeo divino no es más que una forma exacerbada de ese amor que no tolera la separación, que necesita estar siempre presente porque teme la ausencia. Dios como stalker sería, entonces, la figura de un amor que perdió sus límites, que no respeta el misterio del otrx porque ese misterio le resulta insoportable. Esta lectura tiene un mérito: humaniza a Dios, lo baja del pedestal de la impasibilidad estoica y lo instala en la fragilidad de quien ama sin medida y, por tanto, sin pudor. Lectura oscura y al final humanizadora.
La ética que se desprende de aquí es ambigua a propósito. Por un lado, invita a sospechar de todo discurso que presente la vigilancia divina como consuelo: quizá no sea tan reconfortante ser el centro de una mirada que nunca descansa. Por otro, ofrece una salida: entender la experiencia religiosa no como búsqueda de certezas, sino como negociación con una presencia tan incómoda como ineludible. Creer, desde esta óptica, no sería aceptar pasivamente ser miradx, sino aprender a sostener la mirada del otrx y devolverla, transformando el acecho en diálogo. La libertad no consistiría en escapar de la mirada divina (proyecto imposible para la teología), sino en aprender a mirar de vuelta, construyendo una reciprocidad donde antes solamente había vigilancia unidireccional.
Imaginar a Dios como un stalker nos confronta, al final, con una pregunta que la teología oficial prefiere eludir: ¿qué clase de amor es aquel que no soporta la distancia? Quizá el amor divino, como el humano, esté atravesado por contradicciones, por deseos encontrados, por pulsiones que oscilan entre la entrega y el control. Si Dios es un stalker, la santidad no estaría en la pureza de una mirada desinteresada, sino en reconocer que incluso la mirada más pura contiene algo de posesión.
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Una respuesta a “La mirada obsesiva de lo divino”
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