Miguel Huerta
Hay imágenes erróneas de Dios que aún pesan. Un personaje severo que anota faltas en un libro invisible, un arquitecto que diseña el mundo siguiendo un plan oculto, un juez que exige devoción a cambio de salvación, un vigilante que mira todo lo que hacemos. Durante siglos esas han sido las imágenes predominantes en Occidente, al grado de conformar una caricatura que aún sigue en la mentalidad de muchas personas. Y entonces llega Baruch Spinoza (1632-1677), un judío excomulgado, pulidor de lentes, solitario por vocación, y las derriba con una idea tan simple como demoledora: Dios no es una persona, Dios es la naturaleza misma, el orden eterno de todo lo que existe. No hay un afuera, no hay un arriba, no hay tribunal. Sólo una sustancia infinita que se expresa en cada piedra, en cada pensamiento, en cada ley física, en cada latido. Y nosotrxs, criaturas finitas, no somos más que modos de esa sustancia, olas en el océano de lo real.
Esta idea, que Spinoza desarrolló con la frialdad de un geómetra en su Ética, esconde sin embargo una profundidad ética inmensa. Si Dios no tiene voluntad ni designios, el universo no nos debe nada. No hay castigos eternos ni recompensas ultraterrenas, no hay milagros que implorar ni oraciones capaces de torcer el curso de los acontecimientos. Todo sucede por necesidad, por la pura inercia de las leyes que constituyen la naturaleza divina. Pero lejos de desembocar en el nihilismo, Spinoza encuentra ahí la raíz de una libertad auténtica: la libertad no consiste en elegir al margen de la causalidad, sino en comprenderla. Cuanto más entendemos que el odio, el miedo o la envidia son efectos de causas naturales que pueden estudiarse, menos esclavxs somos de ellos. El conocimiento, no la sumisión, es el camino hacia una alegría que dura.
Traslademos esto a nuestra sociedad, tan saturada de juicios y de culpas. Vivimos rodeadxs de fundamentalismos que reinstauran un Dios vigilante y castigador, pero también de versiones secularizadas de ese mismo tribunal: la opinión pública que condena en redes sociales, el mercado que premia o aniquila, la ideología del mérito que convierte el fracaso en pecado. Spinoza nos ofrece un antídoto radical. Si todo es naturaleza, el error deja de ser ofensa para volverse ignorancia. El mal no es pecado, sino limitación. Y la respuesta al que sufre no es el castigo, sino la educación; no la exclusión, sino la comprensión de las causas que lo llevaron hasta ahí. Una política spinoziana sería una política de la alegría colectiva: no la que promete paraísos futuros, sino la que construye condiciones presentes para que los cuerpos y las mentes florezcan, sabiendo que la potencia de existir es el único derecho natural que verdaderamente importa.
Spinoza nos invita a despedirnos de un Dios que consuela a cambio de miedo, y a abrazar a un Dios que es pura inmanencia: la realidad misma, con su belleza y su dureza, con su orden y su misterio. Amar a ese Dios no es arrodillarse, sino comprender. No es esperar, sino actuar. No es buscar la salvación, sino darse cuenta de que ya estamos salvadxs, si por salvación entendemos el instante en que dejamos de temer a aquello que nos determina y empezamos a conocerlo. En un mundo fracturado por la certeza y la condena, el pensamiento de Spinoza suena como una liberación, porque si Dios es todo, entonces nadie está fuera. Y si nadie está fuera, la ética no puede ser otra cosa que el esfuerzo compartido por entender mejor, para vivir mejor, aquí y ahora.
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