Miguel Huerta
La detención del influencer argentino Fernando Cerimedo, el 18 de agosto de 2026, en Bolivia, tiene todo para ser algo más que un escándalo judicial. Claro, los titulares hablan de un empresario detenido, de un presunto feminicidio, de la caída de alguien que movía hilos en la sombra. Pero si uno se detiene un momento, lo que emerge es una radiografía incómoda de nuestro tiempo: la política se ha convertido en espectáculo, y el espectáculo, en un terreno donde la ficción se disfraza de realidad.
Cerimedo y el español Javier Negre crearon La Derecha Diario. No es un diario en el sentido en que entendemos el periodismo, ese oficio de contar lo que pasa con la mayor honestidad posible. Es otra cosa. Una arquitectura de la distorsión, un entramado de la derecha donde las noticias se diseñan como armas y los algoritmos se programan para multiplicar el odio. Según las denuncias, quinientas mil cuentas en granjas de bots operaban bajo su mando. No es un error del sistema. Es un ejército de sombras que distorsiona el debate público, fabrica consensos inexistentes y siembra duda donde antes había, al menos, la posibilidad de un acuerdo sobre los hechos. Y esto no es un caso aislado. Es el síntoma de algo que corroe los cimientos de nuestra convivencia democrática en América Latina.
La democracia, en su núcleo más simple, es un pacto de confianza. Confiamos en que los votos se cuentan bien, en que quienes debaten lo hacen con ideas y no con trampas, en que nosotrxs como ciudadanxs tenemos acceso a información suficiente para decidir con alguna claridad. Pero ¿qué pasa cuando la información deja de ser un bien común y se convierte en un producto fabricado a medida de intereses que no conocemos? Y es que Cerimedo no es ni todo lo que dicen ni todo lo que él dice ser. Según investigaciones periodísticas, además de ex asesor político, se le acusa de feminicida, de ser un estafador y el artífice de una red continental de desinformación que se origina en Estados Unidos (con un tal Brad Parscale), y que sigue operando con bastante precisión y con la impunidad de quien sabe que el ecosistema digital aún no tiene leyes que lo regulen con eficacia. Quinientas mil cuentas falsas no son una exageración periodística: son una operación deliberada. Y cuando una operación así entra en escena, la confianza se resquebraja. Sin confianza, la democracia deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en un teatro donde nadie sabe quién escribe el guion.
Esta maquinaria no sólo nos miente sobre lo que ocurre. Va más allá: erosiona la capacidad misma de la política para ser el lugar donde disentimos de manera razonable. Cuando una noticia falsa se viraliza con la velocidad de la luz, no hay tiempo para pensar. La reflexión profunda se vuelve un lujo que pocas personas y sociedades pueden permitirse. Nos quedamos atrapadxs en burbujas de confirmación, donde únicamente escuchamos lo que ya creemos y desechamos lo que nos incomoda. Y en ese caldo de cultivo, la polarización no es un efecto colateral: es el objetivo. Dividir para dominar. No se trata sólo de confundirnos, sino de fracturar el tejido social hasta que dejemos de reconocernos como parte de una misma comunidad.
Desde una perspectiva ética, este caso plantea cuestiones incómodas que la filosofía política y cultural no deberían eludir. ¿Es legítimo que un medio de comunicación funcione como brazo operativo de estrategas internacionales, como se ha señalado por sus vínculos con asesores de Trump?¿Dónde queda la responsabilidad del-la periodista cuando su trabajo se convierte en una herramienta para la batalla cultural? La respuesta no es sencilla. La tecnología ha desdibujado las fronteras entre lo público y lo privado, entre la opinión y la manipulación. Y ahora que Negre se desvinculó apresuradamente de su socio tras la detención, no pude evitar interpretar ese gesto como algo más que una estrategia legal, como un intento de salvarse de un incendio que él mismo ayudó a avivar. Pero la ética no funciona así. No se practica cuando el barco se hunde; se ejerce desde el primer día.
Lo más inquietante de todo es que esta estrategia no es nueva. América Latina conoce bien cómo las mentiras mediáticas pueden justificar golpes de Estado y dictaduras. La diferencia es que entonces la mentira era artesanal: un periódico, un locutor, una campaña coordinada desde unos pocos centros de poder. Hoy es industrial. La inteligencia artificial, las granjas de bots y los algoritmos de recomendación han multiplicado exponencialmente el alcance del engaño. Ya no distinguimos con facilidad entre lo que es verdad y lo que sólo parece serlo. La democracia, ese sistema frágil, imperfecto y a la vez con algo de hermosura, se enfrenta a un enemigo invisible que dispara grandes titulares; que ocupa grandes capitales digitales; y que no impone un pensamiento único, sino que genera el canto de las sirenas.
En este contexto, pensar con rigor se vuelve un acto urgente. No basta con verificar un dato aislado. Hay que desmontar los mecanismos de producción de la desinformación. Hay que preguntarse no sólo qué se dice, sino quién lo dice, con qué fin y a quién beneficia. La filosofía nos recuerda que la verdad no es un dato que se posee, sino un proceso que se busca. Aunque ese ruido ensordecedor de la red se vuelva solitario y agotador. Por eso la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre los individuos. Las plataformas digitales, los Estados y los medios tradicionales deben asumir su parte en la construcción de un espacio público donde la mentira no sea rentable.
América Latina no puede darse el lujo de la ingenuidad. Hemos visto cómo la desinformación inclina elecciones, desestabiliza gobiernos y saca discursos de odio de los márgenes hacia el centro. El caso Cerimedo es un aviso, una alerta roja que nos dice que el futuro de nuestras democracias se juega también en el terreno de lo digital. Y en ese terreno, la ética no es un adorno intelectual. Es una trinchera que vale la pena defender. Porque si la mentira se vuelve sistema, la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en el espectáculo de lo peor.
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