“El Capital”, un libro famoso pero complejo. Marx para mentes curiosas (III)


Miguel Huerta

Llevamos ya dos textos explorando la obra de Marx, y quizá haya llegado el momento de enfrentarse a la bestia. En el primero nos asomamos a su vida y a sus preguntas fundamentales; en el segundo nos perdimos en los Manuscritos de París, ese cuaderno de juventud donde todo empezaba a encajar. Ahora toca la obra que consagró su nombre, la que ha sido leída y mal leída, citada y mal citada, venerada y execrada durante más de siglo y medio. El Capital es ese libro que todxs nombran pero pocxs se atreven a abrir, y quizá valga la pena preguntarse por qué. Su sola mención produce vértigo: mil páginas, un lenguaje económico denso, ecuaciones, tablas, notas a pie de página interminables que parecen pequeños laberintos donde la comunidad lectora se pierde sin compasión. También es uno de los libros más malentendidos en la historia de la filosofía y de las ideas, y quizá eso sea precisamente lo que lo hace tan fascinante.

Y es que cuando nos asomamos a sus páginas con paciencia, con la determinación de quien entra en un museo sin prisa, descubre que no es un manual de economía ni un panfleto político, sino algo más extraño y más ambicioso: una investigación sobre la anatomía del mundo moderno, una disección del capitalismo como si fuera un organismo vivo que respira, sangra y eventualmente enferma y muere.

Marx trabajó en él durante décadas, con esa obsesión que ya conocemos de su biografía. La idea germinó en los años cuarenta, cuando aún era un joven perseguido saltando de París a Bruselas y a Colonia, tomó forma en los Grundrisse de 1857-1858, ese vasto manuscrito que es como un laboratorio de ideas donde ensaya conceptos que luego pulirá con el cuidado de un relojero, y finalmente publicó el primer volumen el 14 de septiembre de 1867, en Hamburgo, con la satisfacción de quien entrega un hijo después de un parto de muchos años. Los volúmenes segundo y tercero los dejó inconclusos, dispersos en apuntes muchas veces ilegibles, con correcciones al margen, párrafos tachados, esquemas que sólo él entendía; fue Engels quien los ordenó y publicó después de su muerte, armando un rompecabezas sin la imagen de referencia. Eso significa que El Capital llegó al mundo como una obra incompleta, un monumento inacabado que suscitaba casi más preguntas que respuestas, y quizá por eso sigue abierto a la interpretación como pocos textos de su época. Como tantas cosas en la vida de Marx, el libro era un proyecto que nunca terminó de completarse, y ese detalle, lejos de ser un defecto, es parte de su fuerza: no impone conclusiones, invita a pensar.

Pero antes de adentrarnos en su contenido, conviene detenerse en su título completo, porque allí está la primera trampa para la comunidad lectora primeriza. No se llama simplemente El Capital. Se llama El Capital. Crítica de la economía política. Esa palabra, “crítica”, es la llave maestra. Marx no está escribiendo un tratado de economía al uso, como los de Adam Smith o David Ricardo, que describen el funcionamiento del mercado con la neutralidad de un físico que observa un fenómeno natural desde fuera. Para Marx, la economía política era una forma de ideología, quizá la más poderosa de todas: presentaba como eternas y naturales unas relaciones que eran históricas y, por tanto, contingentes, hechas por seres humanos y por tanto deshacibles por seres humanos. Su objetivo no era añadir una teoría más al mercado de ideas académicas, sino desmontar el edificio entero, mostrar que las categorías económicas (mercancía, valor, dinero, capital) no son cosas que existen en la naturaleza, sino relaciones sociales entre personas, disfrazadas hábilmente de relaciones entre cosas. Cuando un economista neoclásico habla de “oferta y demanda” como si fueran leyes de la gravedad, Marx ve una forma de lenguaje que oculta que detrás de cada curva hay trabajadores sudando, accionistas decidiendo, historias de poder y sumisión. Su crítica no es moral, no dice “esto es injusto”. Es categórica, dice “esto no es lo que parece ser”.

Y ahí está el primer gran salto conceptual, el que hace que la lectura de El Capital sea una experiencia de extrañamiento comparable a mirar a un familiar durante demasiado rato y dejar de reconocerlo. Marx comienza el libro con una frase que parece inocente, casi aburrida, pero que es demoledora si se le presta atención: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un inmenso cúmulo de mercancías”. Esa formulación pasiva ya es una pista. No dice que la riqueza sea un cúmulo de mercancías, dice que se presenta así, que tiene esa apariencia. Y acto seguido se pregunta, con la paciencia de quien no da nada por sentado: ¿qué es una mercancía? La respuesta no es un objeto, no es una mesa o un diamante o el litro de agua. Es una relación. Una mercancía tiene un valor de uso, que es su utilidad concreta, lo que hace que la mesa sirva para comer y el agua para beber, pero también tiene un valor de cambio, que es su proporción en el intercambio con otras mercancías, la cantidad abstracta de dinero o de otras cosas por la cual puede ser trocada. Y aquí viene la pregunta que desata la discusión y mueve todo: ¿y de dónde sale ese valor de cambio? ¿Por qué una mesa vale quinientos pesos-euros-dólares y un litro de agua veinte?

Marx responde con una idea que, para la economía de su tiempo, era casi una herejía, y que para muchos economistas de hoy sigue siéndolo: el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirla. No es el mercado el que crea el valor, no es la utilidad subjetiva del consumidor-a, no es la escasez natural. Es el trabajo humano, gastado y utilizado socialmente, con la tecnología y la organización disponibles en ese momento histórico. Esa frase, “trabajo socialmente necesario”, es crucial: no se trata del esfuerzo individual del carpintero que trabaja lento o rápido, sino del tiempo promedio que la sociedad necesita para producir esa mesa en esas condiciones. El mercado no crea el valor, lo mide, lo expresa, lo distorsiona. El valor ya está ahí, cristalizado en el objeto, como la energía queda cristalizada en el carbón. Y esa energía es, en última instancia, tiempo de vida humano.

Ese descubrimiento le lleva al concepto más célebre y más discutido de toda su obra: la plusvalía. Si el valor lo crea el trabajo, y el obrero-obrera que entra a la fábrica recibe un salario que sólo cubre su subsistencia, su reproducción como fuerza de trabajo capaz de volver al día siguiente, entonces el capitalista se apropia de una parte de ese valor sin pagarla. Esa diferencia, esas horas de trabajo que el obrero-obrera realiza pero que no están incluidas en su salario, es la fuente de la ganancia. No es un robo en el sentido legal: el contrato se firma libremente, el salario se paga puntualmente, nadie viola la ley. Pero es una apropiación estructural, inherente al diseño del sistema. Marx no dice que los capitalistas sean malvados, no los pinta como villanos de melodrama como sus opositores lo señalan. Dice que ocupan una posición en el sistema que les permite hacer eso, y que el sistema entero está montado para que así sea, para que la plusvalía fluya como el agua por gravedad, sin que nadie tenga que empujarla. No hay mala intención, hay estructura. Y esa estructura es la que hay que comprender, no para consolarse con la explicación, sino para saber exactamente qué es lo que habría que cambiar si quisiéramos que fuera de otra manera. Es la misma lógica que ya apuntaba en los Manuscritos de París, cuando hablaba de la alienación del trabajador que no reconoce su producto, pero ahora expuesta con el rigor de la economía política, con números, con estadísticas de fábricas reales, con la frialdad de quien disecciona un ente para entender su funcionamiento.

Pero El Capital no es sólo un tratado sobre la explotación, aunque eso ya sería suficiente. Es también una exploración de las contradicciones internas del capitalismo, de los mecanismos por los cuales el sistema tiende a desestabilizarse a sí mismo como un edificio que se hunde por su propio peso. Marx analiza la acumulación de capital, ese proceso sin fin donde la ganancia de hoy debe reinvertirse para producir más ganancia mañana, una carrera de locos que no tiene meta ni final. Analiza la formación de un ejército industrial de reserva, es decir, el desempleo estructural que no es un accidente sino una necesidad del sistema, una reserva de mano de obra que mantiene a raya los salarios y disciplina a los trabajadores-trabajadoras empleados. Analiza las crisis periódicas de sobreproducción, esos momentos donde las fábricas producen más de lo que el mercado puede absorber, donde la abundancia se convierte en ruina, donde la lógica del capital choca contra sus propios límites. Analiza la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, esa contradicción matemática por la cual, a medida que el capital se vuelve más tecnológico, más productivo, más eficiente, la tasa de beneficio tiende a reducirse, forzando a los capitalistas a compensar con mayor explotación, mayor concentración, mayor riesgo. No es un profeta que lee el futuro en una bola de cristal, pero anticipa con sorprendente claridad algunos rasgos del capitalismo contemporáneo: la concentración de la riqueza en pocas manos, la globalización como expansión forzada del mercado, la inestabilidad financiera como válvula de escape de la acumulación real. Cuando leemos hoy las noticias sobre crisis financieras, sobre desigualdad creciente, sobre bancos quebrados y rescates millonarios, hay algo en el análisis de Marx que sigue resonando con la incomodidad de una verdad que no queremos oír.

Lo que hace tan original su enfoque, y lo que lo distingue de cualquier filósofo y economista que haya existido antes o después, es que no separa la economía de la política, ni de la historia, ni de la filosofía. Para Marx, el capitalismo no es un mecanismo neutral que asigna recursos escasos con la eficiencia de un algoritmo, sino un sistema de dominación que reproduce las relaciones de clase en cada transacción, en cada jornada laboral, en cada crisis. El mercado no es un espacio de libertad donde individuos libres e iguales intercambian lo que quieren, sino un lugar donde unos venden su fuerza de trabajo porque no tienen otra cosa que vender, porque no poseen tierras ni fábricas ni medios de producción, y otros la compran porque tienen el capital para hacerlo, porque heredaron o acumularon lo que les permite vivir del trabajo ajeno. Esa asimetría, que no es un error del sistema sino su condición de posibilidad, es el motor de todo. Leer y esforzarse por comprender El Capital es aprender a ver el mundo económico con otros ojos, a descubrir detrás de cada precio una relación social, detrás de cada ganancia una historia de trabajo no pagado, detrás de cada crisis una contradicción que el sistema no puede resolver sino aplazar. Es, en cierto modo, volver a aquella intuición de juventud que exploramos en los Manuscritos: el trabajo es lo que nos constituye como humanidad, es la forma en que transformamos el mundo y a nosotrxs mismxs, y cuando se convierte en mercancía, cuando se reduce a un número en una nómina, algo se rompe en lo más hondo de nuestra condición.

Y sin embargo, hay en el El Capital una tensión que no se resuelve del todo, una grieta que la comunidad lectora ha discutido durante ciento cincuenta años y que probablemente nunca se cerrará. Marx escribe como filósofo y científico, con la pretensión de descubrir leyes objetivas del movimiento social, pero también como militante, con el deseo ardiente de que esas leyes conduzcan a la transformación. Quiere entender el mundo, pero también quiere transformarlo, y esas dos vocaciones no siempre armonizan. Esa doble vocación, analítica y revolucionaria, hace que El Capital sea un libro incómodo para todxs: para economistas, que lo encuentran demasiado político, demasiado cargado de intención; para políticxs, que lo encuentran demasiado técnico, demasiado exigente con sus abstracciones; para filósofxs, que lo encuentran demasiado empírico, demasiado atado a datos de fábricas inglesas del siglo XIX. Pero precisamente esa incomodidad es su grandeza, su rareza, su resistencia a ser domesticado. Porque El Capital no da respuestas fáciles, sino preguntas bien hechas, preguntas que desestabilizan. Y las preguntas que Marx formula desde hace ciento cincuenta años siguen sin respuesta convincente: ¿por qué el trabajo crea riqueza y miseria al mismo tiempo? ¿Por qué un sistema que produce tanta abundancia genera tanta desigualdad? ¿Es posible organizar la producción de otra manera, o estamos condenados a este ciclo de acumulación y crisis que parece no tener salida? Leer El Capital hoy no es rendir culto a un autor muerto, tampoco un acto de nostalgia ideológica. Es aceptar una invitación: la de mirar el mundo que habitamos con la sospecha de que no tiene por qué ser como es, de que las cosas que damos por inevitables son, en realidad, elecciones históricas disfrazadas de necesidad natural.


© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.


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