Miguel Huerta
Cuando pensamos sobre qué significa conocer, caemos en una trampa sutil que la filosofía occidental tendió hace siglos. Imaginamos que, por un lado, están las cosas ahí fuera, mudas y opacas, y por otro lado, está la mente aquí dentro, fabricando representaciones de esas cosas. Entre el árbol que veo y mi conciencia del árbol parecería mediar un abismo: el abismo del concepto, de la imagen mental. Esta dualidad que separa el sentir (el impacto físico del árbol en mi retina) del inteligir (comprender que eso es un árbol) ha marcado a fuego nuestra manera de entender el mundo y, de paso, ha condenado al pensamiento a girar en torno a un problema que quizá nunca existió. Es ahí donde se presenta la gran apuesta de Xavier Zubiri (1898-1983), uno de los filósofos españoles más importantes y lamentablemente poco conocidos, la cual consiste precisamente en mostrar que esa separación es una ilusión: no hay dos actos; hay uno solo, radical e irreducible. Zubiri lo llama la inteligencia sentiente.

Cuando Zubiri habla de inteligencia sentiente no está proponiendo una simple mezcla de emociones y razones ni haciendo malabarismos terminológicos. Está describiendo el hecho desnudo y primario de estar vivos frente a las cosas. Pensemos en un instante concreto: apoyar la mano sobre una mesa de madera fría. La filosofía clásica nos diría que los sentidos captan una serie de cualidades sensibles (dureza, temperatura, color) y luego el entendimiento procesa esos datos y emite el juicio: “Esto es una mesa”. Pero Zubiri nos obliga a detenernos un segundo antes de ese juicio. En el instante preciso del contacto, en la inmediatez del tacto, no siento “dureza” como un dato aislado al que luego añado el concepto “mesa”. Aprehendo, en un solo golpe unitario, la realidad de la mesa siendo dura. Y aquí está el giro decisivo: lo que los sentidos me entregan no es un estímulo subjetivo que mi mente deberá interpretar, sino algo que Zubiri llama la formalidad de realidad. Las cosas no se presentan primero como señales para mí, sino como algo “de suyo”, como algo que es lo que es por sí mismo, independientemente de que yo esté ahí para tocarlo. El sentir humano, a diferencia del sentir animal, ya está formalizado por la realidad. El perro siente el calor del fuego como un estímulo que le provoca acercamiento o huida; el ser humano siente el fuego como fuego real.
Este acto primordial, que Zubiri denomina aprehensión primordial de realidad, constituye el suelo firme sobre el que luego construimos todo el edificio del saber científico, la metafísica y la vida cotidiana. Para entender qué significa “aprehender la realidad”, Zubiri recurre a una metáfora clarividente: la de la luz. Cuando enciendo un foco en una habitación oscura, la luz no crea las paredes, pero las hace quedar patentes en su color y textura. Así funciona la inteligencia sentiente: no fabrica la realidad, sino que la actualiza, la hace presente en su condición de real. Lo real no “está dentro” de mi cabeza; se actualiza en mi inteligencia. Con esto, Zubiri se desmarca tanto del idealismo, que reducía la realidad a un contenido de conciencia, como del realismo ingenuo, que ignoraba el modo en que la inteligencia formaliza lo que toca. No estamos encerrados en representaciones mentales, sino abiertos, física y constitutivamente, a las cosas mismas.
Esta postura tiene consecuencias que van mucho más allá de la epistemología y que exploraremos en futuros ensayos. Para empezar, transforma radicalmente la noción de verdad. Si la inteligencia no es una facultad para “sintetizar datos” sino para “enfrentarse a lo real”, entonces la verdad no puede ser simplemente la concordancia lógica entre mi idea y la cosa. Para Zubiri, la verdad primaria es la verdad real: el simple y sobrecogedor hecho de que la cosa esté presente siendo lo que es. Antes de preguntarme si mi definición de “mesa” es correcta o falsa, está el hecho incontestable de que la mesa está ahí, imponiéndome su realidad. Este contacto físico con lo “de suyo” es lo que nos constituye como humanxs. Somos, en esencia, un animal de realidad: vivimos instaladxs en ese ámbito donde las cosas no son meros signos de respuesta sino realidades que nos interpelan y nos obligan a hacernos cargo de ellas.
El esfuerzo conceptual de Zubiri en su trilogía sobre Inteligencia sentiente (Inteligencia y Realidad – 1980; Inteligencia y Logos – 1982, Inteligencia y Razón – 1983) supone un bálsamo de rigor en un panorama filosófico a menudo inclinado hacia el escepticismo o el constructivismo radical. Nos recuerda que pensar no es salir de la caverna para ver ideas puras, sino hundir las manos, los ojos y los oídos en la carnalidad del mundo. Es justamente en la humildad del tacto, en la vibración del sonido, en la crudeza de la luz, donde la inteligencia realiza su acto más propio y misterioso: sentir la realidad. Desde esta unidad indisoluble entre el sentir y el inteligir, Zubiri edificará su comprensión de la materia, del cosmos y del ser humano como persona. Pero para llegar a todo eso, había que detenerse aquí, en la puerta de entrada: en el simple y revolucionario acto de apoyar la mano sobre la mesa y saber, sin lugar a dudas, que el mundo está ahí.
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