Miguel Huerta
El desafío que enfrentamos hoy no es simplemente político, sino epistemológico y ético en su más profunda dimensión. Mientras la derecha global ha comprendido que la lucha por las mentes se libra en el terreno del deseo, la emoción y la identidad, gran parte de la izquierda sigue anclada en una racionalidad ilustrada que presume que los hechos por sí solos convencerán a las mayorías. Este desfase no es casual: refleja una incomprensión de cómo operan actualmente los mecanismos de poder en el capitalismo digital.
La izquierda necesita urgentemente actualizar su arsenal conceptual y estratégico, no abandonando sus principios esenciales, sino traduciéndolos al idioma de la era algorítmica. Esto implica reconocer que la lucha de clases hoy se libra también en los servidores, en los modelos de lenguaje y en la atención capturada por plataformas diseñadas para la explotación.
La potencia emancipadora de la tecnología no reside en sus avances técnicos, sino en quién controla sus infraestructuras y con qué fines. Mientras los tecnofascistas utilizan la inteligencia artificial para generar desinformación a escala industrial, perfeccionar la vigilancia estatal y corporativa, y optimizar la manipulación psicológica de masas, la izquierda ha tardado en comprender que estas mismas herramientas podrían servir para la organización colectiva, la educación política masiva o la construcción de contra-narrativas basadas en la solidaridad. La IA no es neutral, pero tampoco es inevitablemente reaccionaria: su orientación política depende de quién la programa, quién la financia y qué valores se inscriben en su arquitectura. El socialismo del siglo XXI debe ser también un socialismo digital que democratice, además de los medios de producción tradicionales, los datos, los algoritmos y la inteligencia colectiva que de ellos emana.
Esta actualización no implica renunciar a las tradiciones que nos precedieron, sino recuperar su espíritu crítico bajo nuevas condiciones materiales. Del marxismo debemos retomar el análisis de las contradicciones del capital, ahora exacerbadas por la acumulación de datos como nueva forma de plusvalía. Del anarquismo clásico, la intuición de que el poder debe ser cuestionado en todas sus formas, incluidas las burocracias digitales y los monopolios tecnológicos. Del socialismo utópico, la capacidad de imaginar futuros alternativos más allá de la lógica mercantil que parece haber colonizado incluso nuestra capacidad de soñar. Y de las tradiciones descoloniales y feministas del Sur Global como el Buen Vivir y la comprensión de que la emancipación no puede ser universal si ignora la realidad cultural, de raza, de género y territorio que estructuran la explotación contemporánea. Estas fuentes, leídas críticamente bajo la luz de nuestra presente coyuntura, ofrecen un repertorio mucho más rico que la mera gestión neoliberal con rostro humano que a menudo se presenta como única alternativa viable.
La evidencia de que otro mundo es posible no proviene de los manifiestos, sino de las calles. Las recientes oleadas de protesta que han sacudido el planeta, desde las movilizaciones contra la precariedad laboral en Europa hasta las revueltas contra la desigualdad en América Latina, pasando por las luchas climáticas juveniles y las protestas contra la guerra, demuestran que el instinto de libertad y justicia no ha desaparecido, a pesar de los esfuerzos por atomizarnos y convertirnos en meros consumidorxs de contenido. Estos estallidos sociales, a menudo organizados a través de redes digitales pero arraigados en realidades materiales de explotación y desposesión, muestran que la clase trabajadora y los sectores populares no han sido completamente absorbidos por la lógica del espectáculo. Sin embargo, su eficacia política depende de su capacidad de articular demandas inmediatas con un horizonte transformador más amplio, de conectar la rabia contra el alza del transporte o la represión policial con una crítica sistémica al capitalismo tardío en su fase digital.
El desafío ético y filosófico para la izquierda contemporánea reside en reconstruir un “nosotrxs” sin caer en los esencialismos identitarios que fragmentan la lucha, ni en los universalismos abstractos que borran las diferencias. Esto requiere una pedagogía política que utilice las herramientas digitales no para viralizar consignas vacías, sino para crear comunidades de aprendizaje y acción. La IA y las plataformas pueden ser instrumentalizadas para la formación de cuadros políticos, la difusión de conocimiento crítico y la coordinación de resistencias transnacionales, pero sólo si se subordinan a una estrategia democrática y no a la lógica de la acumulación de capital.
El riesgo de caer en un tecno-optimismo ingenuo es tan grande como el de abandonar el terreno digital a la derecha. Debemos construir infraestructuras tecnológicas propias, cooperativas de datos, y modelos de IA entrenados con valores de justicia social y no de maximización del engagement.
Finalmente, la crítica de la izquierda debe ser también una crítica de sí misma. Demasiadas veces hemos confundido la toma del poder estatal con la transformación social, o hemos reducido la política a la administración de la miseria. Frente a los payasos autoritarios que nos gobiernan, no basta con denunciar su ridículo o su peligrosidad: debemos ofrecer una visión positiva de la vida en común que hable a las experiencias concretas de explotación y alienación que sufren las mayorías. Esto implica recuperar la dimensión ética de la política como cuidado mutuo, como construcción de mundos habitables, como práctica de la libertad entendida no como aislamiento competitivo sino como realización colectiva.
La tradición emancipadora nos legó no sólo análisis, sino también prácticas de resistencia y construcción alternativa que han trascendido el tiempo: desde los consejos obreros hasta las comunidades de pueblos originarios y afrodescendientes en resistencia, desde el mutualismo hasta las cooperativas de plataforma. Nuestra tarea es actualizar estas formas de organización para el presente, reconociendo que la revolución no será transmitida en directo ni tuiteada, pero que cada acto de solidaridad, cada espacio de autogestión y cada verdad dicha en medio de la mentira sistémica es un acto de insurrección ética contra el orden tecno-autoritario existente.
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