El Bloomsday desde el Sur Global latinoamericano

Miguel Huerta

El 16 de junio no nos pertenece, y sin embargo lo hemos hecho nuestro. En Buenos Aires, una comunidad lectora se reúne en un bar de San Telmo a leer el Ulises con acento porteño; por Coyoacán en la Ciudad de México, alguien desayuna un riñón simbólico mientras piensa que la gran literatura siempre llega tarde, siempre desde lejos, siempre obligándonos a traducir no solamente palabras sino el mundo entero que las sostiene. Celebrar a James Joyce desde América Latina es un acto de apropiación amorosa y, al mismo tiempo, una pregunta capciosa: ¿dónde está nuestro Bloomsday, nuestra épica de lo ordinario, nuestra odisea de un día cualquiera en estas calles que también merecen ser cantadas?

Leopold Bloom camina una Dublín que es todas las ciudades, pero nosotrxs sabemos que la universalidad tiene acento y que lo particular es la única puerta hacia lo humano. Borges lo entendió mejor que nadie: tradujo, reescribió, torció la tradición europea hasta volverla un espejo donde podíamos reconocer nuestros propios laberintos. El Bloomsday latinoamericano no puede ser una imitación colonial; tiene que ser una operación borgeana, una lectura infiel, transgresora y creadora que transforme el original en otra cosa. Celebrar a Bloom en estas tierras implica preguntarnos quién camina un día cualquiera y de cualquier año en La Habana, o un miércoles cualquiera en el centro de Lima, o una mañana de lluvia por el centro de Bogotá mientras la gente esquiva los charcos y los recuerdos de una patria que quizá ya no existe.

Hay algo profundamente joyceano en la experiencia latinoamericana de la modernidad: también nosotrxs conocemos la parálisis, la promesa incumplida, la sensación de habitar una periferia donde la historia parece ocurrir en otra parte. La Dublín bajo dominio británico que Joyce retrata con amor y furia (con la precisión de quien quiere revelar el espíritu de una ciudad justamente porque está a punto de abandonarla) resuena en nuestras capitales poscoloniales, en nuestra relación ambivalente con los centros que nos miran sin vernos. El famoso monólogo interior de Bloom no es tan distinto al del burócrata en una oficina pública de La Paz, o al del profesor jubilado que deambula por el centro de San Salvador repasando sus pequeñas derrotas. La epopeya de lo mínimo nos pertenece por derecho propio.

Pero hay una diferencia fundamental, y señalarla es quizá el mejor homenaje. Bloom camina por una ciudad donde la violencia colonial es sorda pero no absoluta. El-la caminante latinoamericanx se enfrenta a otra textura de lo real: la precariedad como atmósfera, el cuerpo expuesto a una intemperie que no es únicamente climática sino histórica. Nuestro Ulises criollo lidia con la burocracia infinita, con el transporte que nunca llega, con la memoria de lxs desaparecidxs, con la venta informal que invade las calles, con el sermón del pastor en la banqueta, con la promesa del populismo y el desencanto de la democracia. Su odisea tendría el mismo tamaño que la de Bloom pero los monstruos serían otros, y el mar, distinto.

La gran deuda, lo sabemos, no es con Joyce sino con nosotrxs mismxs. ¿Dónde está la novela que haga por Lima lo que el Ulises hizo por Dublín? ¿Dónde está el-la escritor-a que se atreva a encerrar en veinticuatro horas toda la densidad de Caracas, toda la melancolía de Montevideo, toda la furia contenida de Santiago o Quito? No faltan intentos ni talentos; falta quizá la decisión colectiva de reconocer que lo sublime no necesita pasaporte europeo, que el mito puede anidar en una combi que cruza la ciudad mientras suena una cumbia en la radio del chofer, que el monólogo interior de nuestra comunidad ocurre en español, en portugués, en quechua, en spanglish, en náhuatl o mazateco y en la lengua híbrida que nos identifica.

Celebrar el Bloomsday desde el Sur es, entonces, un gesto doble. Es rendir homenaje a un personaje que nos enseñó que cualquier fecha del calendario puede volverse sagrada, y es exigirnos la misma ambición, la misma paciencia, la misma mirada microscópica sobre nuestra propia vida cotidiana. Es leer a Joyce como quien consulta un oráculo para preguntarle por nuestro destino literario. Es salir a caminar el dieciséis de junio por las calles de Quito o de Managua, de Hermosillo, de Tlajomulco o de La Habana sabiendo que el verdadero homenaje no termina cuando guardamos el libro, sino cuando empezamos a escribir el que falta; el libro que aún no existe, el que convertiría un día cualquiera de nuestras ciudades en mito, en música, en memoria. Hay quien lo hará algún día, hay quienes ya lo están haciendo en esta tierra sagrada latinoamericana.


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