Una clase de ética con dioses antiguos y creepypastas

Miguel Huerta

A veces, la filosofía se parece demasiado a una clase que no pediste: sistemas, abstracciones, una promesa de orden que no encaja con el ruido que llevas dentro. Pero hay otra manera de entrarle a las preguntas que importan, una que no pasa por el pizarrón sino por el escalofrío. Piensa en esa escena de True Detective donde el personaje Rust Cohle habla del tiempo como un círculo plano y nombra al Rey Amarillo; o en la novela Mandíbula de Mónica Ojeda, donde un grupo de chicas adolescentes-best-friends-forever construye un dios blanco y devorador en el vientre de un colegio. Lo que ocurre ahí no es terror barato. Es una conversación importante sobre quiénes somos cuando se caen todas las reglas. Sobre qué queda de nuestra moral cuando algo más antiguo, más primitivo y absolutamente indiferente a nosotrxs asoma la cabeza. El folk horror, ese género que también respira en los rincones de internet, no es un simple catálogo de miedos: es una herramienta para ver el esqueleto de la realidad. Y es justo ahí donde la ética se vuelve algo que quema.

El asunto funciona porque estos dioses antiguos no se parecen en nada a los que te enseñaron. No son Zeus, ni el karma de las redes sociales vendido como justicia cósmica por un mal realizado. Son otra cosa: arquetipos tan viejos que ya no tienen nombre humano, sólo forma de pesadilla. El dios blanco de Ojeda no te castiga porque hayas sido mala persona. No le importa tu ética. Sencillamente, te consume. Te incorpora a un ciclo de hambre y fertilidad que no necesita justificarse ante nada ni nadie. El Rey Amarillo de Chambers y True Detective, en cambio, te infecta la mente con una idea alienígena camuflada como obra de arte. Cuando la ves, cuando la lees, tu conciencia ya no es tuya. No hay pecado ni redención sino disolución. Y aquí está la puñalada: nuestro sentido del bien y del mal, tan sólido en el papel, puede ser una burbuja diminuta flotando sobre un océano de fuerzas que no nos reconocen. La ética, vista así, es un paréntesis frágil que se cierra en cuanto una de estas criaturas bosteza en nuestra dirección.

Y esto no se queda entre páginas de libros. Es en la jungla digital donde estos dioses han encontrado su altar más salvaje. Los creepypastas circulan de foro en foro como leyendas urbanas del siglo XXI, pero no son sólo entretenimiento. El SlenderMan no es un monstruo de YouTube: es un dios sin espacio que opera a través de la imitación, colonizando tu identidad justo cuando más expuesta está en redes. Sus proxies, sus seguidores, plantean una pregunta brutal: ¿qué estás dispuestx a entregar con tal de pertenecer a algo? La presión de encajar, llevada al límite del horror. Luego está el universo de la Fundación SCP, con sus dioses enjaulados. Ahí está SCP-2845, “El Ciervo”, un ser que exige un sacrificio humano semanal y una liturgia de burla para ser contenido. Lo más perturbador es que la Fundación obedece. Sigue la lógica absurda y sangrienta de un dios para evitar un mal mayor. ¿No es un comentario feroz sobre nuestras propias instituciones, sobre los rituales que repetimos sin cuestionarlos porque creemos que mantienen el orden? De repente, el scroll infinito, los challenges virales de TikTok, la necesidad de validación en likes, parecen un culto con sus propias reglas invisibles y sus propios sacrificios silenciosos.

La verdadera estocada filosófica, sin embargo, está en lo que estos cultos le hacen a nuestra idea de comunidad. Mira Midsommar, o cualquier relato donde un grupo aislado venera una fuerza primordial. Ofrecen lo que todxs deseamos en secreto: pertenencia total, sentido absoluto, la certeza de que no te soltarán nunca. Pero el precio es tu individualidad, y a veces tu cuerpo. La comuna te abraza hasta asfixiarte. Es una paradoja que duele porque la vivimos en dosis pequeñas todos los días. ¿Cuánto de ti sacrificas para ser parte de una tribu, de una ideología, de un grupo de WhatsApp que por fin te entiende? El dios blanco de Mandíbula es la imagen más exacta de esto: amor que es posesión, cuidado que es devoración. La frontera entre el afecto y el control se vuelve una boca llena de dientes. Estas ficciones no hablan de monstruos externos. Hablan del hambre que llevamos dentro, de cómo el deseo de conexión puede volverse algo oscuro si no lo miramos de frente.

La lección no es que debas tener miedo. O no sólo eso. Es que estos dioses y sus cultos funcionan como espejos éticos. Te obligan a preguntarte si de verdad tienes una moral propia o solamente repites lo que toca. Si eres una persona con criterio o un eslabón de un ciclo que ni siquiera entiendes. En un mundo que se fragmenta entre crisis climáticas, algoritmos que te dicen qué sentir y un vacío que el consumo no llena, mirar de reojo a estos arquetipos es un acto de valentía intelectual. Son la sombra de nuestra civilización: lo que dejamos fuera para poder construir la idea de lo humano. Y lo olvidado siempre regresa. Volver la mirada hacia el dios blanco, hacia el Rey Amarillo, hacia el Ciervo que exige su ritual semanal, es en el fondo hacerse la misma pregunta que se hacían los griegos, que se hacía Kant, que se hace cualquiera que filosofe en serio: ¿qué estás dispuestx a ver? ¿Qué estás dispuestx a sacrificar?

Y es que la ética no empieza en las respuestas cómodas. Empieza justo ahí, en el borde de un pantano, donde el miedo te dice que algo te está mirando y la filosofía te obliga a sostenerle la mirada.


© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.

Deja un comentario