Miguel Huerta
Hay figuras que aparecen en momentos clave en la historia de las ideas y del cristianismo sin pedir nada a cambio. No buscan poder, no fundan instituciones, no dejan escuela. Sólo señalan algo que lxs demás prefieren no ver y pagan el precio por ello. Juan el Bautista, cuyo día se celebra cada 24 de junio, es una de esas figuras. Y aunque su historia llega envuelta en religión, su núcleo es otra cosa: un hombre que decidió vivir de acuerdo con lo que pensaba y creía, que habló con claridad cuando hablar claro era peligroso, y que acabó asesinado precisamente por eso. Eso es ética en estado puro.
Vivía fuera del sistema, literalmente. En el desierto, con lo mínimo, sin ataduras que lo volvieran un peón externo. No era un excéntrico ni un ermitaño que huía de la gente; la gente venía a buscarlo a él. Había algo en esa austeridad que generaba autoridad moral. Y es que cuando alguien no debe nada a nadie, cuando no se tiene carrera que proteger ni posición que guardar, puede permitirse decir lo que ve. Hoy llamaríamos a eso independencia. Juan la practicó de forma radical: sin financiación, sin institución detrás, sin red de seguridad. Únicamente su criterio y su voz. Y esa voz no se andaba con rodeos.
Cuando los poderosos de su época van a escucharlo (los fariseos, los saduceos, los funcionarios del templo) no reciben lo que esperaban. Los llama hipócritas, “raza de víboras”. Les dice que de nada sirve pertenecer al grupo correcto, tener los contactos adecuados o cumplir los rituales sociales. Lo que le interesa es concreto y directo: ¿estás siendo justo? ¿Tu vida, tus decisiones, tienen algún impacto real en quienes te rodean, en tu comunidad? Cuando le pregunta un soldado qué debe hacer, le responde: no extorsiones, no denuncies falsamente. Cuando le pregunta un cobrador de impuestos, le dice: no cobres más de lo que te corresponde. Nada de grandes abstracciones. Justicia práctica, cotidiana, aplicada al oficio de cada persona.
La figura que más define a Juan, sin embargo, no es la del predicador. Es la del testigo incómodo. Herodes Antipas, el gobernador de la región, tomó como mujer a Herodías, la esposa de su hermano. Una irregularidad grave, un abuso de poder disfrazado de asunto privado en un contexto cultural y social represor. Juan lo señala públicamente. No ante un tribunal, no con una denuncia formal: simplemente lo dice, en voz alta, donde todo el mundo puede oírlo. Eso le cuesta la libertad. Y cuando Herodes lo mete en la cárcel, no lo ejecuta de inmediato pero lo mantiene encerrado. Al final, una cena, una promesa impulsiva y una intriga de Herodías hacen el resto. Juan es ejecutado por haber dicho en voz alta lo que todxs sabían y nadie se atrevía a nombrar.
Eso tiene un nombre en filosofía moral y Juan el Bautista la encarna: parresía. La práctica y obligación de decir la verdad con franqueza y para el bien común, asumiendo el riesgo que conlleva. Foucault (1926-1984) dedicó sus últimas conferencias a este concepto y lo rastreó desde la filosofía griega. Juan encarna esa tradición sin haberla estudiado en ninguna academia. Habla porque considera que tiene la obligación de hablar. No para quedar bien, no para construir una reputación, sino porque el silencio cómplice le parece éticamente inaceptable. En eso se parece más a un Sócrates o a una Rosa Parks que a un predicador. Y luego está esa otra dimensión, quizá la más difícil de entender hoy: su capacidad para saber cuándo hacerse a un lado. En un mundo obsesionado con la visibilidad, con el protagonismo, con dejar huella, con ganar likes, Juan representa algo contracultural. Llega, hace su trabajo, señala lo que tiene que señalar, y cuando aparece alguien con más que decir que él, se retira sin amargura. No es resignación ni derrota: es una forma de integridad muy poco común. Saber cuándo tu momento ha pasado, y aceptarlo sin intentar prolongarlo artificialmente, requiere una honestidad consigo mismx que muy pocas figuras alcanzan.
Juan el Bautista fue decapitado sin ver los resultados de lo que hizo. Sin escuela, sin legado institucional, sin siquiera haber presenciado lo que ayudó a poner en marcha. Y sin embargo su figura ha sobrevivido dos mil años, precisamente porque representa algo que cada generación necesita recordar: que la justicia no se ejerce desde la comodidad, que decir la verdad tiene un coste, y que hay una forma de grandeza que no se mide por lo que acumulas sino por lo que eres capaz de señalar, aunque nadie te lo agradezca.
Este día en varias regiones del mundo se encienden hogueras en su nombre. Que ardan también como recordatorio de eso. Y es que la voz que clama desde el desierto es difícil de matar, pues representa mucho más que una simple y cómoda vía ética.
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