Miguel Huerta
Llevamos ya varios textos recorriendo la obra de Marx, desde aquellos manuscritos de juventud en París hasta el texto cumbre de El Capital, y quizá haya llegado el momento de detenerse y preguntarse lo que todxs, en algún momento, nos preguntamos: ¿tiene algo que decirnos un filósofo del siglo XIX en un mundo de inteligencia artificial, crisis climática y economías digitales? La respuesta, como suele ocurrir con las preguntas incómodas, no es sencilla. Pero vale la pena intentar responderla.
Y es que hay una razón por la que Marx sigue siendo leído, discutido y, sobre todo, utilizado para entender el presente. No es porque sus predicciones respecto a la historia se hayan cumplido al pie de la letra, de hecho, muchas no lo hicieron, sino porque su manera de preguntar, su método, su forma de mirar el mundo sigue siendo una herramienta afilada para desmontar las certezas de nuestro tiempo. Marx no era un profeta, era un diagnosticador. Y los buenos diagnósticos, como la buena filosofía, conservan su utilidad.
Empecemos por la obviedad: el capitalismo ha sobrevivido a Marx y, en muchos sentidos, se ha transformado de maneras que él no pudo anticipar. El proletariado industrial que él imaginaba como el sujeto de la revolución no es hoy la clase dominante numéricamente, sino que se ha fragmentado, dispersado, convertido en trabajadorxs precarios, autónomos, digitales, repartidorxs de aplicaciones, empleadxs de call centers. La fábrica de la que hablaba Marx ya no es la gran nave con obreros en fila, sino el algoritmo que nos asigna tareas, el clic que genera valor, la plataforma que nos conecta con el cliente pero nos aísla de nuestros semejantes. Y sin embargo, la pregunta de Marx sobre el trabajo sigue intacta: ¿quién crea la riqueza y quién se la apropia? ¿Por qué el trabajo de unxs produce la abundancia de otrxs? Esa pregunta, formulada hace siglo y medio, resuena hoy con una actualidad sorprendente.
Hay otro aspecto en el que Marx resulta inquietantemente contemporáneo, y es su análisis de la crisis. Marx dedicó buena parte de El Capital a entender por qué el capitalismo, un sistema que produce como ningún otro, es también un sistema que tiende a la inestabilidad. No era un adivino, pero su descripción de las crisis de sobreproducción, de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, de la necesidad del capital de expandirse constantemente para sobrevivir, tiene un eco evidente en el mundo de hoy. La crisis financiera de 2008, la burbuja inmobiliaria, la deuda soberana, la volatilidad de los mercados: todos esos fenómenos parecen sacados de las páginas de Marx, que describió con precisión la lógica interna de un sistema que necesita crecer sin parar, devorando recursos y generando desequilibrios en todos los niveles.
Pero quizá donde Marx sigue siendo más necesario es en su análisis de la ideología, esa capacidad que tienen las sociedades de presentar como naturales e inevitables lo que son relaciones históricas y contingentes. Cuando escuchamos que “no hay alternativa” al capitalismo, que el mercado es el mejor asignador de recursos, que la desigualdad es el precio del progreso, estamos escuchando el eco de esa ideología que Marx denunció. Su método nos enseña a desconfiar de las evidencias, a preguntar detrás de cada sentido común quién se beneficia de él, a sospechar que lo que parece eterno es sólo la forma que ha adoptado una relación de poder en un momento dado. Eso, que parece una lección abstracta, se convierte en una herramienta práctica para cualquiera que quiera entender el mundo en el que vive.
Y sin embargo, la influencia de Marx no se limita a la economía o a la política. Su importancia en la historia de la filosofía es innegable, y no sólo porque haya sido un filósofo, sino porque cambió la manera de hacer filosofía. Antes de Marx, la filosofía solía moverse en el ámbito de las ideas, de los conceptos, de la conciencia. Marx dio la vuelta a esa tradición: “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”. Con esa frase, colocó el trabajo, la producción, las relaciones materiales, en el centro del pensamiento. La filosofía dejaba de ser un ejercicio de contemplación para convertirse en un análisis de lo concreto. Y eso, que hoy nos parece obvio, fue una revolución. Sin Marx, no se entiende el pensamiento del siglo XX: ni la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort, ni el estructuralismo, ni los estudios poscoloniales, ni las corrientes feministas que han bebido de su análisis de la dominación. Su huella está en todas partes, incluso donde no se le nombra.
Por supuesto, también hay críticas que hacerle. Marx subestimó el poder de la democracia liberal como espacio de transformación, no anticipó el peso de los movimientos ecologistas ni la complejidad de las luchas identitarias, y su confianza en el proletariado como sujeto revolucionario resulta hoy, cuando menos, ingenua. Pero todo eso no invalida su pregunta fundamental: ¿es posible una sociedad más justa, y si es así, cómo llegamos a ella? Esa pregunta sigue abierta, y mientras lo esté, Marx seguirá siendo un interlocutor necesario.
Al final, la importancia de Marx no reside en que tenga todas las respuestas, sino en que nos enseñó a hacer las preguntas correctas. Su legado no es un programa político cerrado, sino una actitud intelectual: la de no dar nada por sentado, la de preguntarse siempre quién gana y quién pierde con el orden establecido, la de atreverse a imaginar que el mundo podría ser de otra manera.
Por todo esto y más es importante seguir leyendo a Marx no como una doctrina, sino para entrenar la mirada y ver lo que otrxs no ven.
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