“En tiempo de desolación no hacer mudanza”… sobre la democracia en Latinoamérica

Miguel Huerta

Durante el siglo XVI, Ignacio de Loyola formuló una advertencia que ha trascendido los muros de la religión para instalarse en la médula de la sabiduría práctica: “En tiempo de desolación no hacer mudanza”. La sentencia, extraída de sus Ejercicios Espirituales (318), posee una sobriedad quirúrgica. No es un consuelo piadoso para sobrellevar la tristeza, sino un principio táctico de higiene mental: el juicio se opaca cuando el espíritu está turbado, y las decisiones tomadas en ese estado rara vez son decisiones, son reacciones disfrazadas de coraje.

Trasladar esta lógica del espíritu individual al cuerpo convulso de la política latinoamericana es descubrir que la desolación no es únicamente un estado de ánimo; es una condición estructural que amenaza constantemente con dinamitar el frágil andamiaje de nuestras democracias.

La desolación política en América Latina rara vez llega como tormenta abrupta. Se instala como humedad persistente: el crecimiento que se estanca, la inflación que devora los salarios, la promesa de movilidad social que se convierte en broma de mal gusto, las decisiones de gobiernos que imponen fronteras sociales y trampas a los derechos más elementales. Bajo ese cielo encapotado florece, inevitable, la figura del aventurero redentor que promete con romperlo todo. Es ahí donde el consejo ignaciano resuena con mayor urgencia. La historia de la región está plagada de pruebas de que las decisiones refundacionales tomadas en momentos de desesperación colectiva rara vez producen repúblicas virtuosas; en su lugar, paren figuras democráticas que concentran el poder con la excusa de la emergencia y luego se enquistan en él durante décadas. La mudanza radical, en ese contexto, no es una cura, es el síntoma de una enfermedad autoinmune donde el cuerpo social, en su afán por extirpar un tumor, termina atacando órganos vitales como la división de poderes o la libertad de prensa.

Aquí, sin embargo, se impone un matiz ético crucial: defender la quietud en tiempos de desolación no es ninguna apología del conformismo. Hay una diferencia abismal entre la mudanza destructiva y la reforma serena. La primera proviene del pánico; la segunda, de la calma. La primera se alimenta de la antipolítica; la segunda, de la deliberación. El peligro de reformar bajo el influjo de la desolación radica en que su premisa casi siempre es una falacia binaria: “o se destruye todo, o no hay salida”. Ese espíritu volátil (que tanto Loyola como los estoicos clásicos identificaron como el peor consejero posible) es el que hoy se propaga en las redes sociales como un incendio, generando una falsa conciencia de urgencia que desprecia los procesos largos y tediosos que sí requieren la construcción de justicia social. La ética democrática exige, entonces, una virtud casi heroica: la templanza para soportar el malestar sin entregar el alma a soluciones mágicas que prometen cura definitiva a cambio de libertad.

Esta reflexión se vuelve especialmente amarga al observar el péndulo latinoamericano. Pasamos de la euforia mesiánica a la frustración apocalíptica con la misma facilidad con que respiramos. La desolación suele llegar aquí tras la resaca de los populismos (de derecha o de izquierda, el mecanismo es el mismo) cuando las arcas quedan vacías y los paraísos prometidos chocan contra la roca de la realidad. En ese preciso instante aparece el demagogo de turno para azuzar la “mudanza” total del sistema. Ignacio de Loyola, con lucidez psicológica, entendía que en el momento de mayor oscuridad espiritual el tentador susurra propuestas de cambio absoluto, no por el bien común, sino para desorientar aún más. De igual modo, en la oscuridad de la cosa (res) pública, el líder iliberal no ofrece una cirugía delicada, sino una demolición controlada para construir su propio templo sobre los escombros. La ciudadanía, atrapada entre el hambre y la rabia, termina cambiando un problema complejo por una tiranía simple.

Quizá la aplicación más valiente de esta máxima ignaciana en el plano democrático sea la defensa de la pausa, de la lentitud existencial. En una cultura de la inmediatez, donde la velocidad se confunde con la eficacia y la productividad, declarar que “no es momento de decidir esto” se convierte en un acto de resistencia política y existencial. No hacer mudanza en desolación significa, para el-la demócrata, blindar las reglas del juego cuando la pasión quiere pisotearlas; proteger la institucionalidad no por fetichismo burocrático, sino porque esas estructuras lentas e imperfectas son el único dique que separa la civilidad de la violencia sin sentido cuando llega el abismo. Si algo enseña la trágica historia constitucional de toda nuestra región latinoamericana, con sus centenares de cartas magnas reformadas sólo para justificar reelecciones perpetuas, es que una Constitución escrita bajo el chantaje de lo incendiario no suele expandir derechos, suele legitimar atropellos. La quietud ignaciana es, en este sentido, una estrategia de largo aliento para que la desolación no tenga la última palabra.

Al final, el consejo escrito por aquel sacerdote-santo-vasco-cojo nos interpela como ciudadanxs antes que como creyentes. Nos obliga a distinguir entre el impulso y la vocación. La democracia, como el espíritu en crisis, necesita atravesar sus noches oscuras sin desertar de sus principios fundantes. La desolación es una estación inevitable en la vida de las naciones; la tragedia ocurre cuando, por huir del invierno, abrazamos una primavera falsa que termina quemando la tierra fértil. No hacer mudanza no es quedarse sin hacer nada, es recordar, con la humildad de quien se sabe vulnerable, que hay decisiones que solamente se toman en momentos de paz. Y que, a veces, la acción más revolucionaria consiste en sentarse a respirar, esperar que pase el temblor y, sólo entonces, con la casa aún en pie, mover los muebles con la delicadeza de quien construye y no con la furia de quien saquea.


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