Miguel Huerta
La transición energética se ha convertido en el gran relato redentor de nuestro tiempo. Los coches eléctricos, los paneles solares, las baterías de litio son la promesa de un futuro descarbonizado que nos envuelve con la misma fe con la que antes se revestían las catedrales. Pero como todo relato de salvación, oculta sus sacrificios en los márgenes del mapa, allí donde el lenguaje del progreso aún no ha llegado a maquillar la sangre con estadísticas. Porque el problema no es que el cobalto se extraiga en el Congo, ni que los residuos electrónicos se quemen en Ghana. El problema es que hemos diseñado un sistema donde eso tiene que suceder para que nosotrxs, desde la comodidad de nuestras ciudades, trabajos, hogares y nuestros cafés de especialidad, podamos llamarnos “sostenibles”.
La República Democrática del Congo no es un accidente geológico. Es un espejo duro de ver. En las minas artesanales de Kolwezi, las infancias de ocho años manipulan el mineral que alimentará los teléfonos desde los cuales condenamos la injusticia. No es hipérbole, es la estructura misma de nuestra economía moral. El cobalto no se extrae a pesar de la mano de obra infantil; se extrae gracias a ella, porque cualquier intento de formalización encarecería el producto final y ralentizaría la carrera por la batería perfecta. Lo llamamos “minería artesanal” para no llamarlo trabajo forzado, y lo etiquetamos como “problemática compleja” para no admitir que hemos externalizado la brutalidad a todo un continente. La filósofa francesa Corine Pelluchon lo ha señalado con claridad: nuestra ética medioambiental sigue siendo una ética de propietarios, donde la naturaleza y los cuerpos que la habitan son recursos a gestionar, no realidades a respetar. En esa gestión, el cuerpo del minero congoleño se convierte en el precio invisible de nuestra conciencia satisfecha.
El ciclo, sin embargo, no termina en la extracción. La basura tecnológica que generamos desde Norteamérica y Europa encuentra su propio destino en el vertedero de Agbogbloshie, en Acra, Ghana donde el humo de los plásticos quemados pinta el cielo de un naranja que ningún atardecer debería imitar. Allí, recuperadores informales (hombres y mujeres a los que la economía formal ha declarado inexistentes) desarman nuestros dispositivos obsoletos con las manos desnudas, inhalando químicos tóxicos mientras extraen el cobre que venderán por migajas. Es una inversión perfecta del sacrificio: el mineral que extrajimos con vidas rotas regresa como veneno a otras vidas igualmente desechables. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo llamaría la violencia positiva de la sociedad del rendimiento: no hay un verdugo explícito, sino una maquinaria que convierte la explotación en efecto colateral, en externalidad, en aquello que no aparece en la memoria de nuestra responsabilidad.
Los especialistas que han estudiado este circuito han acuñado un término certero: brecha de la descarbonización. No es únicamente un tecnicismo; es una fractura ética de proporciones ontológicas. El Norte Global reduce su huella de carbono mientras el Sur Global asume la huella tóxica completa: la extracción, el procesamiento, el desecho. Es el colonialismo de la segunda máquina, donde ya no se roban territorios sino metabolismos enteros. La antropóloga Anna Lowenhaupt Tsing recordó que el capitalismo (y su primogénito el colonialismo) no funciona solamente mediante el control, sino mediante el abandono: abandona comunidades, ecosistemas, futuros. En este abandono sistematizado, la transición energética se revela no como una solución, sino como una transferencia de sacrificios. El coche eléctrico no es más limpio; es más limpio aquí. Y ese adverbio espacial es el que debería avergonzarnos, porque la ética no admite adverbios que anulen su universalidad.
Pero hay una capa de esta historia que las críticas estructurales, por sí solas, dejan casi intacta: la nuestra. Porque no toda la demanda que sostiene este circuito de extracción y desecho es demanda necesaria. Cambiamos de teléfono cada uno o dos años y no porque el anterior haya dejado de funcionar, sino porque vimos un video con la novedad o porque una notificación de sistema nos convenció de que ya no era suficiente. Compramos el segundo par de auriculares, el reloj inteligente, el asistente de voz para la cocina, con la misma tranquilidad con la que nos rascamos el ombligo. Zygmunt Bauman describió esta lógica como el rasgo distintivo de la modernidad líquida: una sociedad que ya no busca poseer objetos duraderos, sino experimentar el placer breve de la sustitución constante. La obsolescencia, ese engaño de Silicon Valley, no es sólo programada por el fabricante (aunque sí lo es, desde los acuerdos del cártel Phoebus en 1924 hasta las baterías selladas de hoy), es también deseada por el público consumidor, que ha aprendido a experimentar como carencia lo que apenas hace un año le parecía suficiente. Esta es la parte incómoda que ninguna cumbre climática quiere nombrar: gran parte del cobalto que ensangrienta Kolwezi y gran parte del cobre que envenena Agbogbloshie no se extrajo para cubrir una necesidad, sino para alimentar un ciclo de deseo fabricado. El profesional que se indigna con la minería infantil mientras hace fila para renovar su dispositivo antes de que termine su vida útil no es una contradicción marginal sino el engranaje que hace posible todo lo anterior.
La responsabilidad, aquí, además de delegarse en los Estados o las corporaciones, consiste también en comprar con conciencia (preguntar de dónde viene, cuánto va a durar, si realmente se necesita), aunque esto no resuelva el problema estructural, pero negarse a hacerlo es una forma activa de perpetuarlo. El movimiento por el derecho a reparar dispositivos y equipos electrónicos, todavía marginal frente a la industria, es quizá el síntoma más claro de que una parte del público empieza a intuir esto.
Frente a todo, los planes de formalización del reciclaje o los códigos de conducta para las minas suenan a una venda mal hecha en una hemorragia. No se trata de hacer la minería más ética; se trata de preguntarnos por qué necesitamos tanta minería. No se trata de reciclar mejor; se trata de preguntarnos por qué fabricamos dispositivos con obsolescencia programada y cadenas de suministro que no pueden rastrearse sin toparnos con el horror, y por qué seguimos comprándolos al mismo ritmo. El filósofo belga Philippe Van Parijs defendió que la justicia global exige repensar los términos mismos del intercambio, además de sus condiciones. Pero ¿cómo repensar el intercambio cuando el intercambio ya no es entre iguales, sino entre quien define el problema, quien lo consume sin verlo y quien padece sus soluciones?
La pregunta final es esta: ¿estamos dispuestxs a reducir nuestro nivel de confort tecnológico para que el Sur Global no tenga que elegir entre el hambre y el veneno? ¿O preferimos seguir llamando “sostenible” a un sistema que únicamente sostiene la desigualdad, mientras renovamos el teléfono una vez más? Porque la ética, en su raíz griega, es el arte de habitar la incomodidad. Y nosotrxs, desde nuestras pantallas iluminadas por cobalto, hemos perfeccionado el arte contrario: el de la comodidad que no quiere saber de dónde viene su luz, ni cuánta de esa luz realmente necesitábamos. El Antropoceno no es una época geológica; es una decisión moral continuada, tomada tanto en los directorios corporativos como en cada carrito de compra. Y cada recarga de batería, cada actualización innecesaria, es un voto a favor de mantenerla.
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