Miguel Huerta
Vivimos un tiempo extraño, donde lo que sentimos parece pesar más que lo que sabemos. La posverdad no es simplemente una mentira disfrazada de verdad, sino el síntoma de una época que ha sustituido los hechos contrastados por narrativas que reconfortan, que dan identidad y que, sobre todo, permiten pertenecer a una tribu. Zygmunt Bauman (1925-2017) lo llamó la “modernidad líquida”: un mundo donde las certezas sólidas se derriten y todo, incluida la verdad, se vuelve maleable según el momento. En ese ecosistema líquido, la realidad objetiva resulta incómoda, y la emoción colectiva se erige como nuevo criterio de validez. Para un joven universitario o un profesionista, esto no es un problema abstracto: es el aire que se respira en cada feed, en cada conversación polarizada, en cada decisión que se toma como ciudadano.
La relación entre posverdad y mentira es más sutil de lo que parece. La mentira clásica (la del político que oculta un dato o la del anuncio que exagera) todavía reconoce que existe una verdad que distorsionar. La posverdad da un salto distinto, declara los hechos irrelevantes o, como algunos periodistas han dicho, la verdad deja de ser relevante. El filósofo Harry Frankfurt (1929-2023) ya había anticipado esta lógica en su ensayo sobre la palabrería insustancial, pues quien la practica no miente porque le importe la verdad lo suficiente para ocultarla, sino porque la verdad simplemente ha dejado de importarle como criterio. Da igual si el dato es cierto; lo que cuenta es si resuena con el miedo o el deseo propios. Cuando alguien afirma “yo siento que esto es así”, ejerce un derecho legítimo a la subjetividad, pero también clausura el diálogo racional. ¿Cómo se discute contra un sentimiento? La razón queda desarmada frente a la certeza emocional, y la política, la ciencia y la cultura se vuelven campos donde vence quien más conmueve, no quien mejor argumenta.
En ese terreno, las teorías de la conspiración han encontrado su hábitat natural. No son fantasías de mentes paranoicas, sino relatos totales que ofrecen respuestas simples a problemas complejos: detrás de cada crisis hay una élite oculta, un plan maestro. El sociólogo Boaventura de Sousa Santos hablaría aquí de una “ecología de saberes” rota, donde el conocimiento experto pierde legitimidad frente a saberes alternativos que prometen una comprensión total e inmediata del mundo. Estas narrativas son adictivas. Hacen sentir que se entiende lo que otrxs no ven, que se forma parte de una minoría despierta. La posverdad no sólo tolera estas teorías, las necesita, porque se alimentan de la misma desconfianza institucional que ella misma cultiva.
El catalizador que ha hecho de la posverdad un fenómeno de masas es el algoritmo. Las plataformas digitales no son espejos pasivos de nuestras inquietudes, sino arquitectos activos de la percepción. Shoshana Zuboff describió este modelo como “capitalismo de vigilancia”: un sistema que no vende productos sino predicciones sobre el comportamiento humano, y que para lograrlo necesita capturar la atención al precio que sea, generalmente con indignación. La verdad es casi siempre aburrida, matizada, exige contexto; la emoción es inmediata y viral. El algoritmo consagra como relevante lo que altera y entierra lo que invita a pensar. Byung-Chul Han ha insistido en que esta lógica produce sujetos hiperconectados pero incapaces de la pausa contemplativa que requiere todo juicio crítico. Vivimos, dice, en una sociedad del cansancio y del rendimiento que no deja tiempo para dudar.
Esto tiene consecuencias éticas profundas. Si no hay hechos compartidos, ¿sobre qué base se construyen los acuerdos? Hannah Arendt advirtió que la mentira organizada, a diferencia del error puntual, ataca la facultad misma de distinguir lo verdadero de lo falso, y con ello mina la posibilidad de la acción política común. La democracia, la ciencia y la justicia dependen de un sustrato compartido de realidad; sin él, la deliberación se vuelve imposible y la convivencia se reduce a la imposición de la narrativa más ruidosa. Para quien se forma o ejerce una profesión hoy, esto significa actuar en un contexto donde la credibilidad ya no se gana con rigor sino con carisma, y donde la autoridad del conocimiento compite en desventaja con la autoridad del influencer.
No hay respuestas fáciles, pero hay caminos. El primero es recuperar el hábito incómodo de la duda metódica: frente a la inmediatez del algoritmo, la lentitud del pensamiento crítico es un acto de resistencia. El segundo es aceptar que las emociones son parte de la condición humana, pero no pueden ser el único criterio de lo real; sentir no es lo mismo que saber, y confundirlos es una forma de pereza intelectual. El tercero, quizá el más exigente, es salir de las propias burbujas y escuchar a quien piensa distinto sin demonizarlo, recordando con Bourdieu (1930-2002) que todo punto de vista es vista desde un punto, y que reconocer la propia parcialidad es el primer paso para tomarla con pinzas.
La posverdad desafía lo más íntimo de nuestra relación con el mundo: invita a elegir entre la comodidad del grupo o tribu pública y la incomodidad de la verdad. La ética, en el fondo, siempre ha sido eso: sostener la tensión entre lo que se desea y lo que es, entre lo que se siente y lo que se puede justificar racionalmente. En un tiempo de ruido, quizá el gesto más radical sea volver a preguntarse, con honestidad, qué se sabe realmente y por qué se cree. Porque si perdemos la capacidad de distinguir entre la realidad y el relato, no quedará democracia, ciencia ni cultura que valga; solamente el eco de las propias pasiones, repitiéndose en el vacío de un like.
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