Miguel Huerta
En sentido estrictamente físico, una bandera es un accidente textil formada por hilos y pigmentos que el viento agita sin propósito. Pero en el territorio de lo humano, ese rectángulo de tela se convierte en algo mucho más potente. Las banderas del orgullo LGBTIQ+, con su evolución desde el diseño original de Gilbert Baker hasta las franjas añadidas en versiones más recientes, no es solamente un símbolo de identidad. Es una pregunta filosófica en forma de tela: ¿cómo construimos un “nosotrxs” sin aplastar la diversidad que nos constituye?
El filósofo Emmanuel Lévinas sostenía que el encuentro con el rostro del otrx nos hace responsables antes de que podamos decidirlo. La bandera arcoíris+ funciona de manera parecida. Ondeando en una calle o en una ventana, anuncia una presencia que exige ser reconocida, no reducida a una anécdota ni a una patología. Es un rostro social que nos recuerda que lo humano es más amplio que cualquier norma heredada. Habitamos un mundo que ha ejercido violencia simbólica y física sobre todo lo que se aparte de la norma cisheterosexual, y ese trozo de tela multicolor actúa como un dique. No pide tolerancia pasiva. Exige mirada.
Lo que hace filosóficamente original a este símbolo es que propone una identidad colectiva que no homogeneiza. Las banderas nacionales suelen operar bajo la lógica del nosotrxs cerrado, pues marcan una frontera y definen quién pertenece a ella. El arcoíris+, en cambio, reconoce que dentro de cualquier grupo hay jerarquías, heridas y silencios que no podemos ignorar. Cuando el diseñador Daniel Quasar incorporó las franjas negra y marrón para aludir a las personas racializadas y a las afectadas por el VIH/SIDA, no fue un retoque cosmético. Fue una corrección que todo movimiento necesita hacerse a sí mismo: ¿estamos construyendo igualdad formal o justicia real? No hay orgullo completo si la precariedad sigue teniendo rostros preferidos por el racismo o la transfobia.
La filosofía hegeliana describió el reconocimiento como una necesidad fundamental del ser humano: no somos plenamente nosotrxs mismxs hasta que alguien nos ve y nos valida. Alzar esta bandera es exactamente eso, una exigencia de ser vistx. No se trata, como a veces se critica, de fragmentar la sociedad en grupos o tribus. Se trata de construir una fraternidad más honesta, que no borra las diferencias sino que las articula. Un hogar simbólico donde la vulnerabilidad deja de ser una falta para convertirse en un vínculo.
El símbolo enfrenta, sin embargo, su propia trampa: la del capitalismo arcoíris. En junio, la bandera aparece en calcetines, vasos de café, publicidad, y es usada por figuras públicas y políticas y en logotipos corporativos que se apropian de los símbolos del orgullo para simpatizar con el movimiento (véase pinkwashing). La pregunta es legítima: ¿ha perdido su potencia? No necesariamente, si la entendemos como herramienta y no como reliquia sagrada. El valor de un símbolo no reside en su pureza, sino en la batalla constante por su significado. Que una empresa la use para vender no anula lo que significa para une adolescente en una comunidad conservadora que la pinta en su rostro y, al hacerlo, se salva simbólicamente la vida. Su fuerza no está en quién la comercializa, sino en quién la necesita para respirar, en quién pide justicia por la comunidad y en quién pide derechos y libertades para ser.
En este cosmos indiferente regido por las leyes físicas, lxs humanxs inventamos los colores para no perdernos en la oscuridad. Esta bandera funciona como un prisma que descompone la luz blanca de una normalidad impuesta para revelar el espectro inagotable de lo posible y de lo que somos. No es la bandera de la victoria definitiva, porque las victorias totales sólo existen en las tiranías. Es la bandera del devenir, del tránsito, del derecho a la búsqueda.
Pues mientras haya alguien que deba pedir permiso para amar o para nombrarse, este símbolo seguirá siendo un manifiesto y una promesa, la de una comunidad donde quepan, por fin, todos los colores.
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